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lunes, 25 de julio de 2016

La Cachorrina cumple tres

Tres años desde aquel 25 de julio en el que nos cambiaste la vida de la forma más radical que podíamos imaginar: asomaste tu cabecita al mundo, nos miraste con esos ojazos gigantes que te gastas y de alguna manera supimos que ni nosotros ni nuestro mundo volvería a ser el mismo. 


En estos tres años nos has dado mala vida, sí, pero también el mayor cúmulo de sentimientos, sensaciones y ternura infinita que existe. Nos has enseñado a ser más pacientes, más humanos, más humildes (a base de zascas y de frustraciones, eso sí), a querer más allá de lo imaginable, a preocuparnos constantemente por algo más grande que nosotros (a mí concretamente me has convertido en una cagona, a la que le aterra pensar que puedas faltarnos o que podamos faltarte). 

En estos tres años te hemos visto crecer con orgullo, a apreciar cada logro, por tonto que fuera (como se puede aplaudir tanto, bailar y cantar por ver a alguien comerse unas fresas o pedir pis, es para hacérselo mirar), a descubrir el mundo de nuevo a través de tus ojos, donde todo es mucho más puro y bonito. 
Hemos aprendido lo que es el agotamiento y la paciencia más allá de lo que creíamos posible, y también que todo el cansancio del mundo se arregla con una sonrisa tuya o tus brazos chiquitinos dándonos un mimo.
Hemos descubierto que el tiempo pasa volando y que por mucho que nos esforcemos, no podemos retener tu crecimiento, ni siquiera en la memoria, que nos juega malas pasadas (no sabes la pena que me da a veces no recordar apenas como era tenerte en brazos cuando eras un bebé). Contigo todo es presente: un presente vivo, alegre, cambiante, que nos trastoca siempre los planes, que nos pone patas arriba las ideas y la casa.

Tres años en los que nos has hecho más responsables, porque sabemos que hay una personita que nos necesita las 24 horas del día, los 7 días de la semana y para la que somos el centro de su universo; y más prácticos, porque no hay tiempo ni energía para desperdiciar en cosas que antes nos parecían importantísimas, pero, ¿sabes qué?, que no lo son. 

En tres años nos hemos dado cuenta de que no hay nada mejor que asomarse a la vida jugando y que nada más importa si conseguimos que seas feliz cada día. Porque desde aquel 25 de julio de 2013, vivimos buscando escuchar tu risa a diario.

Tres años en los que nos hemos quejado, mucho, muchísimo, de no dormir, de estar agotados, de sentir que a veces podías con nosotros o nuestra paciencia; pero también tres años con la certeza absoluta de que eres lo más bonito que hemos hecho en la vida.

Y lo mejor, es que esto sólo acaba de empezar, y a ti te quedan muchas cosas por aprender, y muchas por enseñarnos.

Feliz cumpleaños, mi Cachorrina.


miércoles, 4 de mayo de 2016

El origen de la tristeza

En los últimos años, se habla mucho de la conciliación de la vida familiar y laboral, como si de un tiempo a esta parte fuera real que los padres y madres de este país pueden ser trabajadores productivos al 100%, que lo dan todo por su puesto de trabajo o negocio, sin que ello afecte a su vida familiar. 

Claro, eso es gracias a que tenemos bajas por maternidad y paternidad lo suficientemente extensas como para no privar de sus padres a los bebés en edades en las que no están preparados biológicamente para esa separación, ya que las madres tienen apoyo y ayuda en el ámito laboral para llevar con éxito una lactancia materna a demanda y que después de eso, mientras los hijos son pequeños, tenemos horarios flexibles que nos permiten pasar con ellos tiempo de calidad... un momento, espera, que me estoy liando con algún país del norte de Europa y esto es España: aquí la baja por maternidad es ridícula, la de paternidad, ni es baja ni es nada, el permiso por lactancia irrisorio, y las jornadas laborales, en su mayoría partidas, un despropósito que impide a muchos padres y madres ver a sus hijos despiertos apenas un rato.

Estaba pensando en ello porque me he dado cuenta de que la Cachorrina siempre, y cuando digo siempre, es siempre, relaciona la tristeza de cualquier ser, vivo o animado, ya sea un bebé, un gato, una hormiga, Mickey Mouse o Peppa Pig, con la ausencia de sus padres.

La situación sería esta: 

Niño, animal, dibujo animado llorando. La Cachorrina pone carina triste y dice :"llora porque quiere a su mamá y su papá", o la otra versión "llora porque quiere ir con su mami y con su papi". Yo le pregunto "y dónde están sus papás, tesoro", y ella me contesta con una vocecita que hablandaría el corazón de Kim Jong-un -que dejaría de ser dictador para dedicarse trabajar como voluntario en un banco de alimentos coreano y a cantar canciones pacifistas a niños enfermos-:  "Trabajando". Cómo se te queda el cuerpo. A mí se me parte el corazón de pensar que mi peque relaciona el sentimiento de tristeza con nuestra ausencia, lo que quiere decir que con dos años y nueve meses sigue sin estar preparada para comprender por qué en determinados momentos sus padres no pueden estar con ella. 

Ahora vas y le hablas de conciliación.

lunes, 11 de abril de 2016

Miedo en el cuerpo

Desde hace ya unos meses, la Cachorrina ha entrado en una etapa maravillosa de su vida: está más graciosa que nunca, juega con todo y con todos, no se calla un segundo, canta a todas horas, se ríe, reparte mimos y abrazos para hacer chantaje emocional y también porque te quiere... Lo que viene siendo que nos la comeríamos con patatas, o sin ellas, porque se nos cae la baba. 
Algo había oído acerca de los dos años y medio, como que a esa edad los bebés cambiaban y empezabas a ver la luz al final del túnel, y la verdad es que con la Cachorrina puedo decir que ha sido así... las rabietas son mucho menos habituales (de 5 ó 17 al día, hemos pasado a una a la semana), entiende perfectamente todo lo que le explicas (otra cosa es que decida obedecer o desafiarte, que una cosa es que las rabietas sean menos frecuentes y otra que renuncie a su edad del pavo prematura -que la tiene, vaya si la tiene-), te da los besos más tiernos del mundo, ríe a carcajadas si juegas con ella... Creo que hemos entrado en la etapa más bonita de su vida, y de nuesra experiencia como padres, y no me importaría que se quedara así unos cuantos añitos. 

Ahora bien, esta nueva madurez de la peque de la casa nos ha traido también nuevas e inquietantes situaciones; preguntas que hacen que se te ericen los pelos de la nuca, cuestiones que dan más miedo que ver el programa de Iker Jiménez sola en una casa vieja con suelos de madera que crujen y a la luz de las velas porque se ha ido la luz. Ahora mismo el top 3 del terror, los greatest hits de "muertamequedoenelsitio", sus preguntas favoritas para helarme la sangre en las venas son:

(Las preguntas hay que leerlas con una vocecilla dulce y chiquitina y acento medio asturiano medio mallorquín que es amor, directamente).
 
1.-  ¿Te ayudo?

Esta cuando más le gusta es cuando me ve con la fregona y el cubo lleno de agua y jabón. En cuanto la escucho me quedo quieta, paralizada en el sitio como una esfinge, esperando que si no me muevo no pueda verme, como el tiranosaurio rex, pero entonces es cuando viene hacia mí rauda y veloz, salvando todos los obstáculos en su camino y al grito de "yoyoyoyoyoyoyo!!!!", a lo que yo sólo soy capaz de imaginar un lago espumoso con olor a pino del bosque en mitad del salón, que tenéis que ver como, aprovechando mi estrategia de inmovilismo, me arrebata la fregona y va dejando un reguero de agua poor toda la casa hasta estamparla en la alfombra. 
En su favor tengo que decir que es muy de ofrecerse para la limpieza en general y que el polvo lo limpia divinamente. La tarea pendiente es la aspiradora, que la pobre se debe pensar que está viva y sale huyendo despavorida en cuanto la enchufo.

2.- ¿Te hago una trenza?

Escalofríos. No digo más. Viene hacia mí con el peine rosa de plástico con forma de corazón de peinar la cola al pony de Minnie Mouse y su mejor sonrisa de "te voy a dejar más guapa que a Elsa la de Frozen", que a una le nublan las neuronas el amor de madre y se deja arrancar mechones de pelo y rizar el rizo hasta hacerme rastas, y después dejo que me atuse el pelo y me lo azote como la melena de Carmina Ordoñez, que me arrea unas bofetadas de efusividad que me deja tibia. Pero luego me dice que estoy guapísima, como una princesa y que le cante "Let it go" y me da una abrazo que pienso que no puede quererse más. Y dejaría que me hiciera trenzas o encaje de bolillos con la melena.

3.- ¿Jugamos a ésto?

Dice con la caja de costura en la mano, o señalando el horno, o acercándose a coger los cuchillos del lavavajillas, o poniéndose de pie en el cabecero del sofa, que ella es muy de emociones fuertes. Sudores fríos y palpitaciones. Ahí lo dejo.

sábado, 19 de marzo de 2016

Confianza ciega

La Cachorrina, que le gusta jugarse el tipo más que a un funambulista, trepa al muro más alto del parque, camina por él, feliz y contenta, sintiéndose mayor, más alta -"gihante" que diría ella-, se acerca al borde y grita "Paaapiiiii!!!!", mientras yo marco el 112 en el móvil temiendo que la loca de ella salte al vacío, pero el Cangués ya ha corrido a la llamada de su princesa, y antes de que a él le dé tiempo a estirar los brazos, ella se lanza sin pensar mientras a mí me da una angina de pecho, y el Cangués, evitando mi muerte temprana y que la nena se estampe, la atrapa al vuelo sin despeinarse. Siempre. Y ella lo sabe. 

La Cachorrina sabe que su papi nunca le falla, que por lejos que esté y por complicada que pueda parecer la situación, siempre la coge al vuelo, y ríe con ella, y la mira queriéndola mucho y la abraza, y que ese abrazo es el refugio más seguro que existe. Confía ciegamente en él y sabe que si su padre está cerca, nada malo puede ocurrirle, porque el mundo es más divertido y da menos miedo si el Cangués está con ella. Y ella lo sabe. Y yo lo sé. 

Gracias por ser su superhéroe, ¡¡te queremos papi!!



miércoles, 26 de agosto de 2015

Blanca y radiante va... la niña de los anillos

Pues eso. Que tras arduas negociaciones (que incluyen amenazas, juramentos, suplicas indignas, conatos de ataques de ansiedad, cambios de fechas, recortes en la lista de invitados hasta casi no ir ni nosotros y amor, mucho amor), el Cangués y una servidora nos casaremos en un par de semanas ante los ojos de unos pocos elegidos (pero pocos, pocos) y el señor concejal que tenga a bien enviarnos el Ayuntamiento de Piloña al cacho de prao con mejores vistas del mundo.


Una de las cosas que más ilusión me hacía de tener a la Cachorrina antes de casarnos, es que después ella podría estar en nuestra boda y llevarnos los anillos, divina ella, con su vestido de chantilly, su coronita de flores y sus encantadores rizos, con su padre esperando mientras ella corría loca de contenta a sus brazos y yo hacía lo propio detrás del brazo de mi padre mientras sonaban gaitas y todo era paz y armonía ceremonial.

Pero ahora que tengo a la Cachorrina loca hiperactiva me temo que el día de la boda decidirá endemoniarse porque no querrá ponerse el vestido, ni las flores, y se poseerá como la niña del exorcista si intento ponerle en los pies las bailarinas ideales a juego con el conjunto, en lugar de sus cangrejeras molonas con purpurina. Y correrá escapando de mí por el prao, monte abajo, y se pondrá perdida de "verdín", y me lanzará los anillos a la cara, y yo la perseguiré gritando en arameo antiguo y terminaré echa un asco, dando el si quiero con el vestido sucio, el pelo revuelto, nuevas líneas de expresión en la cara y una esperanza de vida más corta.

Pero... ¿y lo bien que lo vamos a pasar? 

miércoles, 29 de julio de 2015

Y ya van dos...

Un noche cualquiera una se despierta zombie perdida en mitad de la madrugada ,partiéndose las espinillas contra las esquinas de la cama y de muebles que de día no existen, y sale corriendo porque escucha a su bebé llorar. Espera encontrarse a su Cachorrina, pequeñita en su cuna, con su olor a bebé y su necesidad de mimos y de brazos que la acunen para volver a conciliar el sueño. Y cuando entra en su habitación... ¡¿pero esto qué es lo que es????!!!! ¡¿Tú cuántos años tienes y dónde está mi bebé??!!!! Y se encuentra a su retoño de pie en la cuna (porque tumbada ya no cabe, -pobrecita mía, a ver si llega la cama pronto-), altísima como uno que era muy alto, con sus rizos por la cara, zarandeando la barandilla y diciendo “mami aba, mami patillas” (mami dame agua y mami ponme las zapatillas, que es su forma de decir sácame de aquí pero ya)... y resulta que habla, ¿¿¿pero cómo??? ¿en qué momento?, y entonces me lanza los chupos “uno, dos, tes, cato, chico, ses, ete, ossshhho, eve, des, ossssshhhho, eve, osssshhhho, eve, ossssshhhho, eve...” ¡¿Pero sabes contar?????!!!!!! ¿Y cómo ha sido?? ¡¿Y yo que he hecho mientras te hacías una mujer de provecho???!! Lo mismo este año empieza cuarto de la ESO y yo aquí sin enterarme...

Y así, con las espinillas doloridas, los ojos pegados de sueño y sin saber muy bien cómo ha sido, una se da cuenta de que su bebé, ya no es bebé, que es una niña, chiquitina, pero una niña, que ya sabe jugar con otros niños, que corre como el viento al grito de “peparadossshh, litossshhh, ¡¡ya!!”, que escoge su ropa “ete no tuta: ete”, que se prueba los tacones de mamá y desfila con ellos mejor que una tronista de Hombres Mujeres y Viceversa. Que se echa el carricoche de sus muñecos al hombro para subir escaleras, que se tira a la piscina con sus manguitos, que canta el “Aturiassshhh, ata qquidaaa”, de arriba a abajo, con sus florituras melódicas incluidas y que termina con el “Pussa Aturiassshhh”. Que lo mismo canta en castellano, que en inglés (o lo que sea eso), que baila en los probadores de las tiendas -y termina lamiendo el espejo, eso sí, que las buenas costumbres no las pierde una por hacerse mayor-, que corre como las balas con su moto, que suspira de amor por un compañero de la guarde (“Toooonnniiiiiii”). Que se come las aceitunas con hueso -dejando el hueso limpio que da gusto verlo-, que come sola y coge la cuchara como una señora de bien que merienda té con pastas con las amigas antes de irse al bingo, que echa su mirada cruzada de “te molesto yo a ti?” a cualquier persona que se atreva a hacerle una gracia por la calle. Que sonríe para hacerse selfies con mamá, que paga asiento en el avión (¡cagüen!); que ha descubierto que le encanta la horchata, el queso manchego curado, la paella y la sopa de estrellitas. Que entra de visita al pediatra y se pasa el rato de la consulta rondando el cubo donde guarda las piruletas... Que se pasa el 25 de julio pidiendo que los niños de Parchís le canten el “Umpeanos pelisshh” entre guirnaldas, globos de colores, regalos y tarta con velas.



Y es que la Cachorrina, mi Cachorrina, ya tiene dos añazos. :)

miércoles, 8 de julio de 2015

La Cachorrina, la isla y el verano

O cómo sobrevivir a temperaturas más propias del infierno con una niña de dos años.

Yo que pensaba que en la isla no existía el entretiempo y que del invierno de enero y febrero habíamos pasado directamente al verano de sus 25 agradables graditos, resulta que llegó junio con una bofetada de calor inhumano, de ese que sólo te deja ganas de hacerte el muerto en el sofá con las persianas bajadas y el ventilador a tu vera como un hermano siamés, soñando con que estás en una tumbona a la sombra, tan fresca tomándote un daiquiri de plátano entre chapuzón y chapuzón en la piscina.

Pero la cruda realidad es que tienes que sufrir los agradables 40 grados (centígrados, no Farenheit, no confundirse) corriendo del trabajo a la guarde para llevarte a la Cachorrina a poner a remojo en la piscina o en la playa, untándole crema hasta en las córneas para que no se abrase y dedicándote a sacudir arena toda la tarde de las toallas, la bolsa y la propia nena, que se empeña en comérsela, o de pasar pánico y sufrir principios de angina de pecho al borde de la piscina por si la nena decide tirarse al agua, así a la brava, sin manguitos, chaleco salvavidas ni nociones de flotación ningunas.

Y si, después de tanto agua, la Cachorrina decide coger un catarro de esos que la ponen a toser como un octogenario fumador crónico en las últimas, que nos tiene en vigilia permanente al Cangués y a mí, entonces la supervivencia estival pasa por ir sembrando el pánico en los centros comerciales con aire acondicionado, en los que la nena amenaza en cada paso con destrozar mobiliario, vaciar percheros o abrir probadores ajenos al grito de “no tuta!!!!”. 

Vamos, lo que viene siendo un anuncio de Estrella Damm.


miércoles, 10 de junio de 2015

Tarde de piscina

Cuando el año pasado bajábamos con la Cachorrina a la piscina de casa, ella acaba de cumplir su primer añín y todavía nos necesitaba para dar sus primeros pasos. Entonces, ingenua de mí, pensaba que el plan era agotador, pero lo que en su momento me parecía una maratón de kilómetros caminando alrededor de la piscina con la peque de las manitas, enchepada para ayudarla a caminar, mientras nos cocíamos al sol, dejándome el lumbago y la juventud, ahora lo recuerdo como estupendas tardes de paseos y diversión con mi bebé de la mano, mientras ella descubría el mundo y yo la miraba con amor al tiempo que nos poníamos morenas. Ayyy, qué tiempos...



El caso es que hace unos días, con el caloret apretando, decidí que la Cachorrina ya debería inaugurar su temporada de piscina 2015, así que me animé a bajar con ella una tarde mientras el Cangués trabajaba. Es decir: bajamos las dos, solas. ERROR.

Ya me debí temer lo que se avecinaba cuando le pregunté si quería ir a jugar a la piscina y gritó un excesivamente entusiasmado ¡Chiiiiii!!!, cuando está claro que la pobre no tenía ni idea de lo que era una piscina, -bastante se va a acordar-, mostrando unas ganas desmedidas por hacer quién sabe qué. Pero yo también me vine arriba y empezamos a cantar “Vamos a la pisci, vamos a la pisci”, mientras nos embadurnábamos de crema, poníamos los bañadores y hacíamos acopio de todos los juguetes de la nena que eran susceptibles de ser mojados (puestos pingando que diríamos en Asturias).

En un pis pas estábamos listas y nos plantamos en la piscina con las toallas al hombro y la cesta llena de juguetes. Yo hasta me llevé una revista por si podía tumbarme a leerla mientras la Cachorrina jugaba. (Qué graciosísima soy algunas veces...). 

Llegados a este punto, os tengo que aclarar que la piscina no es precisamente una charca para niños, sino que es bastante profunda: 1,5 metros donde menos cubre y 2 metros en lo más hondo, por lo que la Cachorrina no hace pie en toda la piscina, y yo prácticamente tampoco, -sólo en la parte de 1,50 y forzando-. Pero una pensaba que la nena no se iba a querer bañar porque le daría miedo el agua, y que se pondría a jugar con sus cosas a la sombra y lo más que se mojaría sería porque yo le iría rellenando sus cubos de agua. ERROR (otra vez).

Antes de que me diera tiempo a soltar las toallas, la nena estaba encaramada a la barandilla de la escalera de la piscina intentando meter el pie con sandalia y todo en el agua, lo que me obligó a correr al borde del infarto imaginando que se metía y se llevaba un susto de muerte, para cogerla, conseguir quitarle la ropa y tratar de engañarla para sentarse donde yo decía con sus juguetes -como si lo hubiera conseguido alguna vez, en serio, lo del optimismo es para hacérmelo mirar-. 

Pero la peque dijo que me sentara yo, que ella iba al agua, así que, sin que pudiera impedíselo, salió corriendo nuevamente hacia la escalerilla para intentar meterse en la piscina, lo que me obligó a adelantarla por la derecha para meterme delante y ponerme entre ella y el agua... Y estaba fría. Muy fría. Joder, qué fría. Y la nena avanzaba y yo bajaba otro peldaño y daba un respigo, y a la nena le daba la risa, y me empujaba para poder bajar ella también, y yo tenía que bajar otro peldaño, y estaba helada, y daba grititos de frío y la Cachorrina se retorcía de la risa por ver mi cara al perder la sensibilidad en las extremidades inferiores. Entonces la Cachorrina sube, corre por el bordillo y hace un amago de tirarse al agua que me obliga a mí a soltar la escalera, tirarme (“Joderjoderjoder, qué fría”) y nadar para cogerla en pleno lanzamiento. Y se lanza la muy loca. Y yo no hago casi pie, y camino con ella en brazos por la piscina sobre la punta de los dedos gordos pensando que me tengo que dejar las uñas largas para estos casos. Y ella se arrepiente de haberse tirado y dice que está “pía” (a buenas horas), y quiere que la lleve a la escalerilla para salir. Y sale... 

Y entonces corre por la piscina antes de que me dé tiempo a salir a mí también y ya no sé qué hacer, porque si salgo y la persigo va a pensar que es un pilla pilla, va a correr más y lo mismo se estampa contra el muro, pero si me quedo esperando en el agua acechándola a ver si se cae o se tira, me muevo más despacio y encima no hago pie en casi ningún sitio. Y decido nadar rodeando la piscina a su lado, en un ejercicio de natación sin precedentes. Y ella ríe, y yo me agoto, y me da la risa floja pensando en el momento que se me ocurrió bajar sola con ella, y de la risa trago agua -venga cloro que es muy sano-, y entonces ella hace un ejercicio de funambulismo que vete a saber de dónde lo ha sacado y decide caminar a cuatro patas por el borde de la piscina pasando por debajo de la barandilla de las escaleras, para terminar de matarme de angina de pecho.

De nuevo corre al otro extremo de la piscina donde hay unas flores y un montón de abejas. Y quier earrancar las flores y ya me la imagino llena de picaduras, y cruzo nadando como una loca la piscina y, como me creo joven y lozana pretendo salir de la piscina como el Cangués, que sube con una mano y dando un saltito atlético se gira y se queda sentado la mar de bien, como en un anuncio de cuerpos Danone, pero yo no hago pie y el impulso no es suficiente y algo falla, no hay giro atlético ni nada y me quedo atascada con los brazos estirados y medio cuerpo fuera y medio dentro de la piscina, y me pesa el culo, y me da la risa, y la nena está loca soplando a las flores porque cree que volarán los pétalos y lo único que hace es escupir y frustrarse, y me pone las flores delante de la nariz para que yo sople y yo sigo ahí, que ni para arriba ni para abajo, atrapada y muerta de la risa, y consigo salir arrastrándome de mala manera y ni cuerpo Danone ni nada. 

Al final conseguí atraparla y tenerla entretenida a base de sentarnos las dos en el bordillo y dar patadas en el agua para salpicar como si no hubiera un mañana. Y así es como pasamos nuestra primera tarde de la temporada en la piscina. Y ¿sabéis qué es lo peor de todo? Que nos lo pasamos teta.

jueves, 21 de mayo de 2015

El pingüino pródigo

Que la Cachorrina tiene mala uva es algo más que comprobado y sufrido por quienes las conocemos. Cuando algo no sale como ella quiere, no obedeces sus órdenes o le concedes todos sus deseos, entra en un bucle de violencia callejera la mar de chungo. Y si osas llevarle la contraria ella contraataca con la primera cosa que se le ocurre. 

En su favor debo decir que tiene buen fondo y después de ponerse echa una furia, cuando se le pasa la rabieta, se queda como arrepentida, te pone su mejor cara de “estoypacomermeabesos”, te regala una caída de pestañas que te deja indefenso y te da unos abrazos maravillosos con sus bracitos regordetes que son de morir de amor directamente. (Chantajista de manual).

El caso es que el otro día, volviendo de la playa, un pingüino de peluche pagó las consecuencias de la ira de la nena, cuando el Cangués la cogió en brazos para llegar a casa porque se estaba entreteniendo con cada piedra, hoja, flor o caca de perro del camino. Se enfadó tanto cuando vio que no podía seguir su paseo porque ya se hacía tarde, que no se le ocurrió mejor manera para entorpecer la maniobra que lanzar al suelo al pobre pingüino. Y lo hizo con tan mala leche que decidimos que ahí se quedaba el pobre animalito.

Es que te mira con esos ojinos...


La Cachorrina puso cara de no entender nada al ver que no nos parábamos y que el pingüino se quedaba tirado en el suelo y dejó de protestar más rápido que inmediatamente. Llegamos al portal y la peque y yo nos metimos en el ascensor, ella en silencio absoluto, mientras el Cangués se escabullía a rescatar al pobre pingüino.

Entramos en casa y al cerrar la puerta la Cachorrina reaccionó y se quedó pegada a la puerta llamando a “inguino-inguino-inguino”, a lo que yo, aguantando las ganas de achucharla porque estaba para comerla con su carita de pena llamando al peluche, le expliqué que el Pingüino no estaba, que ella lo había tirado y que no se podían tirar las cosas porque se perdían. 

El caso es que después de su baño y ya con el pijama puesto, en cuanto tuvo los pies en el suelo, echó a corrrer de nuevo hacia la puerta llamando al “inguino” yo aquí ya moría de amor y pena a partes iguales-, así que el Cangués sacó el pingüino y se lo dio; ella rió, lo abrazó y os juro que le caían las lágrimas no sé si de felicidad de que el pingüino hubiera encontrado la forma de volver a casa, como el Almendro por Navidad, o de pena por haber pagado con él su frustración y haberlo dejado tirado. 

Y la pobre lo abrazaba sin parar y nos lo daba a su padre y a mí para que lo abrazáramos también (ahora mamá, ahora papá, ahora Nerea, mamá, papá, Nerea, mamá, papá, Nerea...,) contentos todos de su regreso. Así que terminamos los cuatro (Cachorrina, Cangués, servidora y pingüino) en el suelo de la cocina abrazados para dar la bienvenida al animalito... Surrealista, sí, pero tannnnnnn bonito. 

La Cachorrina estaba tan contenta con su regreso que casi le tuve que poner su plato de sopa caliente al pobre animal, para compensarle el mal rato.

Debo decir que desde esa noche la Cachorrina duerme abrazada a su pingüino, ése que encontró la forma de volver solito a casa para estar con ella... Así que sí, tiene mala leche, pero ¿es o no es para morir de amor?

miércoles, 13 de mayo de 2015

Estoy criando una trendsetter

Antes de ser madre, una era una loca por la moda: los estilismos, los zapatos, vestidos, bolsos o collares que veía en las tiendas en las que podía entrar mil veces, sólo por el placer de mirar y probar. Ésas en las que con suerte compraba un precioso par de sandalias con taconazo (“estando contigo, contigo, contigo me siento feliiiiz...”). 
Me gastaba un dineral en revistas de esas de 400 páginas de las que 250 son de publicidad de diseñadores que no me podía permitir, pero no me importaba porque Amancio ya se encargaba de acercarnos las tendencias de turno a las comunes mortales.
Leía blogs de moda, me empapaba de desfiles en style.com, guardaba en favoritos las mejores webs de street style y hacía listas interminables (que nunca se hacían realidad, que todo hay que decirlo -vida perra-), de todo aquello que NECESITABA en mi armario para salir de casa esa temporada.

Pero eso era cuando una tenía vida propia, no gobernada por una teniente coronel marimandona de año y medio, y tenía tiempo para pintarme las uñas (todas), salir a tomar unas cañas o sidras con amigos, a cenar o a bailar hasta el amanecer.

El caso es que desde que la Cachorina llegó a mi vida, sigo haciendo todo lo anterior, que una tampoco cambia tanto, … menos lo de comprar y tener vida propia, claro. Ahora sólo compro monisiteces en versión mini para ella y yo me conformo con picar algo de vez en cuando, hacer incursiones tiendiles de menos de 30 segundos -que es el tiempo que tengo antes de que la nena abra probadores ajenos, arrastre percheros o tire al suelo todo el contenido de una mesa-, y pasearme por casa con los tacones olvidados de mi armario, que ya no puedo ponerme porque no son lo más cómodo para correr detrás de la nena por el parque, el carril bici o el pasillo de las patatitas del Eroski (que le gusta un “a que no me pillas”, oiga).

Y como la vida social de una se limita a conversaciones sobre orinales, noches de insomnio y “el mío me da peor vida que el tuyo”, pues termino como una loca demente enseñándole a la Cachorrina las joyas de mi armario o del suyo, que mira que tiene monisiteces diminutas, para quitarme el mono fashion.



Así es como la niña ha aprendido a distinguir perfectamente lo que es guapo (papo, que dice ella) de lo que no, cómo ir molona a la guarde, cómo ser la más estilosa en la lucha por el tobogán y lo que a una le queda divino para salir a perseguir palomas por el puerto o a tomar un zumo de piña con gusanitos en una terraza. Y he ahí un nuevo germen de conflicto, porque la teniente coronel Cachorrina, con sus apenas 5 minutos y medio de vida ya quiere escoger lo que se pone. Y si pretendes llevar la a la escoleta con unos playeros del súper en lugar de sus Nike molones (monones, que dice ella), te grita, patalea, se tira al suelo como poseída por el espíritu de una maruja en la puertas de El Corte Inglés el primer día de rebajas, y directamente te lanza los playeros nuevos a la cara como si le pareciera un insulto salir con éso a la calle. 
Y lo mismo si se te ocurre ponerle el lazo amarillo a juego con la camiseta, cuando claramente se ve que lo que le pega es la flor blanca de lunares azules, que ahora lo que se lleva es el mix and match  y combinar estampados  y colores imposibles, como Olivia Palermo o las editoras de revistas en la semana de la moda de París.



Y así, ahora resulta que la Cachorrina quiere ser trendsetter (o marcar tendencia, para que nos entendamos), y desde ya mismo he sido apartada sin miramientos como estilista, -que se ve que hasta la nena se ha dado cuenta de que hace mucho que no salgo-, y ahora ella decide qué ponerse para ir “puapa”.

Sólo de pensar en lo que nos espera, me entran sudores fríos, se me multiplican las canas y mi piel pierde elasticidad y firmeza a pasos agigantados. Y éso no hay mix and match que lo arregle.

Imágenes vía Pinterest.

miércoles, 29 de abril de 2015

Operación pañal. Capítulo 1.

Las profes de la guarde a la que va la Cachorrina, que son un amor y todo optimismo y buenas intenciones, nos han comunicado la incipiente llegada de la campaña "Pañales fuera1", o lo que es lo mismo, cómo conseguir que el orinal forme parte de la decoración del salón, el pasillo o la cocina, y que yo termine de morir de agotamiento de perseguirla por casa para intentar que se siente unos instantes a reflexionar, y que, entre reflexión y reflexión, haga sus cosas.



El caso es que la nena es de vejiga tímida (supongo que dentro de unos años me retirara la palabra por haber hablado de sus intimidades impunemente), y dice que en el orinal que mees tú, que a ella se le queda el culo frío y no está para perder el tiempo. 

Pasamos por una primera fase en la que la novedad le hizo gracia y se sentaba riéndose y hacía como que empujaba -lo juro-, a una en la que se aburría soberanamente y poco menos que nos lanzaba el orinal a la cara al tiempo que salía corriendo, hasta llegar a la fase actual, que es la de resignación: se sienta y hace tiempo llevándose un cuento, plastilina o una galleta, hasta que se cansa y pide auxilio. Pero de pises nada, ni gota. Que no, que por ahí no pasa. Que ella es más de pañal. Y eso que luego a los muñecos bien que los sienta -tres o cuatro a la vez a presión en el orinal, así como en comuna-, y les dice "Caca"... angelitos...

Así que el Cangués y servidora tratamos de mantener unos horarios y adelantarnos a las necesidades de la Cachorrina a ver si conseguimos que haga algo sin el pañal (pero ojo! dentro del orinal, que eso es importante) para celebrarlo con ella y que eso la motive para seguir haciéndolo. Quién me iba a decir que llegaría un momento de mi vida en el que estaría deseando tener unas heces en un barreño para aplaudir y hacer el baile feliz de la caca bien hecha. Con lo que una era, menuda ruina...

Total, que la nena se nos queda atrás en la operación pañal, porque es la única de su clase que pasa del tema, y no sé cómo vamos a conseguir que le coja el gusto a eso del culito seco, bebé feliz. ¿Alguna idea?

Seguiremos informando :)

Imagen vía Pinterest.

miércoles, 15 de abril de 2015

Ir al parque sin silla, o como dar la vuelta al mundo sin salir del barrio

Una tarde cualquiera una llega cansada de trabajar, sin tiempo ni para sentarse a comer porque según llega recoge a la Cachorrina de la guarde  y trata de hacer que meriende antes de salir pitando al parque a que la criatura termine de agotarse -todo para ver si así duerme decentemente-, y se encuentra sin fuerzas para enfrentarse a la nena que no quiere subirse a su silla bajo amenaza de explosión de furia. E, inocente, mira por la ventana y ve que luce el sol, y mira a la Cachorrina y ella le regala su mejor caída de pestañas mientras dice Pepe-Pepe-Pepe, aludiendo a su muñeco que está sentado en la sillita de juguete que la nena estrella una y otra vez contra la puerta deseando salir de casa a pasear a “su bebé”. Y una que es débil, claudica, y se le despista la neurona sana que le queda y decide que por qué no, que vamos a ir al parque sin silla, que la Cachorrina ya es mayor y a la pobre le hace ilusión pasear a Pepe.

Y así, mostrando un grado de inconsciencia que ni los guiris haciendo balconing, sale a la calle con la nena, con Pepe, la silla de juguete, la mochila con el kit de supervivencia (agua, galletas, pompero y toallitas) y sin MacLaren. En buena hora.

Llegados a este punto tengo que aclarar que, según Google Maps, desde la puerta de casa nos separan unos 280 metros del parque, lo que, en condiciones normales son 4 minutos de trayecto a pie. Una vez aclarado este punto, prosigo: 

Una vez cruzado el umbral del portal llegó el infierno: que si por ese lado no quiere ir, que si Pepe quiere ir por aquí (bueno, pienso,sólo son 5 minutos más ir por el camino largo, así que vamos); que si coloca cada dos pasos la silla y al muñeco, que si se sorprende con cada hoja seca del camino, que si estrella la silla en cada árbol, bordillo, farola, que si coge la silla para subir escalones, que si se mete en toooodos los portales a nuestro paso, que si uno tiene rampa de acceso la sube y la baja, la sube y la baja, la sube y la baja, la sube y la baja, la sube y la baja..., que si “mira mamá: hormigas”, que si abandona la silla y se escapa para que mamá la persiga y luego tenga que retroceder con ella a cuestas a por la sillita, que si no quiere caminar más y mamá tiene que cargar con niña de 12 kilos, más mochila de supervivencia, más Pepe y la sillita, que si a mamá se le caen las gafas de sol al suelo y no le quedan manos libres, que si poso a la niña para coger las gafas y se endemonia y se tira al suelo y patalea porque quiere cuello, que si llega otra niña y se produce un conato de secuestro de Pepe que pone a la Cachorrina al borde del colapso y a mí jurando en arameo antiguo por haber tenido la idea de salir sin silla. 

Y seguimos: que si quiere agua, que si la soborno con una galleta de dinosaurio para que camine, que si llevamos 40 minutos para hacer 100 metros, que vuelve a querer llevar la sillita, pero por el prao intentando atropellar cacas de perro, la persigo, pero es demasiado tarde y ya ha atropellado una, limpiamos las ruedas de la silla,  consigo volver a la acera,  corre a esconderse en un portal, lame el cristal de la puerta, lo limpio, mientras limpio, ella huye y entra en otro bucle de subir y bajar rampas, pero ahora más difícil, sube escaleras echándose la sillita al hombro y baja la cuesta acelerada, amenazando con estamparse en cualquier momento. 

Yo no veo la hora de llegar al parque, pero lo que sí que no veo es el parque, que está todavía lejísimos, como en otra isla, o en otro país, y trato de ponerla en ruta de nuevo, pero entonces sale como alma que lleva el diablo en dirección contraria, y retrocedemos (NOOOOOOOOOOO, RETROCEDER NOOOOOO!!!!), y entonces abandona otra vez la sillita, y mamá vuelve a cargar con todo, a ver si avanzamos, y ha pasado ya una hora y todavía no diviso la entrada del parque, y encontramos otra vez a la niña de antes y se produce el segundo intento de secuestro de Pepe y de nuevo la furia, y las hormigas, y las carreras a las rampas de los portales... y no sé cómo parece que llegamos a nuestro destino, y miro el reloj y hemos tardado 1 hora y 20 minutos en recorrer los 280 metros más largos del mundo. Y suspiro aliviada y miro a la Cachorrina feliz y le digo “Bien!! Llegamos al parque!!”, y la Cachorrina está de cuclillas y empieza a oler raro... “a qué huele, no estarás haciendo caca? NO ESTARÁS HACIENDO CACA???!!!!!!” Pues sí, está haciendo caca. Estupendo.  Y el cambiador... en la silla que se quedó en casa. Bravo Lorena, Bravo!!. 

Total, que sin haber podido entrar al parque, emprendemos el camino de regreso: la Cachorrina cantando y estrellando la sillita contra los árboles y yo aguantando las ganas de dejarme atropellar por el bus urbano... Finalmente, tras media hora de regreso, llegamos a casa, y nos recibe el Cangués, que feliz, sonriente y ajeno al desastre nos pregunta: “¿Qué tal en el parque?” …............ Y hasta aquí puedo leer.

p.d. Por lo que a mí respecta, la Cachorrina irá sentada en su silla hasta que apruebe 4º de la ESO. He dicho.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Criando (como podemos) a la Cachorrina

Últimamente, con esto de que la Cachorrina está empezando a mostrar su carácter en todo su esplendor y ya no sólo vale darle mimos y achuchones las 24 horas, si no que entre mimo y achuchón hay que tratar de enseñarle a convertirse en una persona de bien; estoy intentando informarme sobre cómo enfrentarnos a la ardua tarea de educar.

Lo cierto es que, como en todo en esto de la crianza, cada maestrillo tiene su librillo, y hay opiniones para todos los gustos: que si hay que educar desde el diálogo, que si castigando las malas conductas, que si únicamente premiando las buenas, que si hay que ser autoritario para que no te salgan hijos endebles, que si hay que comerlos a besos aunque hayan metido el ipad en la lavadora, que si hay que hacer cuadrantes de objetivos y recompensas con pegatinas de caritas felices y tristes, que si un cachete en el culo es necesario en determinadas ocasiones, que si hay que cuidar cada palabra que se les dice para que siempre se sientan valorados, que si los padres blandengues de hoy en día crían hijos tiranos, que si hay que dejarles que experimenten y se den los golpes que sean necesarios y se saquen las castañas del fuego, que si hay que guiarles y ayudarles todo lo posible porque están desprotegidos... Un follón, oiga.

No sé si debe complicarse tanto la cosa y teorizar mucho, porque nuestros padres no contrastaban tanta metodología y su único fin era conseguir que, mal que bien, saliéramos adelante; y lo hicimos. Y ellos hacían lo que sabían y/o podían (como cualquier padre/madre de hoy en día, no nos engañemos), y creo que la gran mayoría de nosotros somos adultos “normales” con nuestras alegrías y nuestros problemas, con capacidad de amar y ser amados y que no dejamos de sentirnos queridos por nuestros padres y de sentir gratitud por lo que han hecho por nosotros hasta llegar aquí. Y eso, ni más ni menos, es lo que quiero para la Cachorrina: educar con cariño y con sentido común.

No quiero que dude ni un segundo de que sus padres la quieren y van a estar a su lado siempre que lo necesite, pero tampoco quiero sobreprotegerla y que se sienta insegura porque piensa que nos necesita para todo y que ella no puede defenderse sola; ni consentirla, y que se piense que puede hacer siempre lo que le da la gana. Por eso básicamente intentaré usar la lógica y el instinto para reaccionar ante ella, corregir situaciones que no quiero que se repitan y fomentar las que sí.

Y esas reacciones naturales y espontáneas en el Cangués y en mí son:

-Aplaudir sus logros y progresos, para animarla a seguir experimentando.
-Ayudarla a levantarse y consolarla cuando se pega un morrazo de campeonato.
-Quitar importancia y dejar que se levante sola cuando son caídas o tropiezos sin peligro.
-Ponernos serios y decirle que NO de forma contundente cuando algo no puede ser, aunque llore como una Magdalena. Si no puede ser, no puede ser y punto.
-En mi caso, jurar en arameo antiguo y cagarme en todo lo que se menea, cuando la nena desafía el NO contundente y sigue haciendo lo que le da la gana.
-Comerla a besos, jugar, recordarle que la queremos y lo guapa que está cienes y cienes de veces al día, que no se diga que en esta casa no hay amor del bueno.
-Nunca, jamás, decirle que es mala. Los niños están aprendiendo lo que está bien, lo que está menos bien, lo que pueden o deben hacer y lo que no, así que no me gusta nada cuando se les dice a los niños que son malos; y además me parece peligroso porque pueden terminar creyéndolo.

Y cosas en las que me gustaría mejorar:

-Ser más racional con ella, -aunque no sé si se puede, que en plena rabieta, ponte tú a dialogar-, y tratar de explicarle las consecuencias de sus actos, para que pueda escoger hacerlas o no, o para que entienda que cuando le decimos que no puede hacer, coger, chupar o jugar con algo, es por una buena razón (aunque cuando juro en arameo es muy difícil pensar en todo ésto).
-Aprender a manejar las “perretas” que tiene cuando no le dejas hacer algo, para que cada vez recurra menos a ellas y así evitar que las siga teniendo a los 20 años y terminemos con García Aguado en Hermano Mayor.

Imagen vía Pinterest.

Me encantaría, mamis, papis y educadores/as del mundo, que me aportarais vuestros mejores consejos, para convertir a la Cachorrina en una niña feliz, pero sin asilvestrar.

¡Hasta el próximo post!

jueves, 19 de marzo de 2015

Sé que no me tengo que preocupar...

Desde que llegaste a nuestras vidas en forma de mini cigoto que crecía y daba patadas en mi barrigón, asistí maravillada a la ilusión, las ganas, el cariño y la alegría del Cangués por ser papá; así que no me tenía que preocupar porque sabía que él quería ser, y sería, un padre maravilloso.

Desde que naciste y le vi pasar las noches en vela mirándote embobado, aunque le tuvieras muerto de agotamiento, y levantarse por la mañana con ojeras y una enorme sonrisa al volver a verte; sé que no me tengo que preocupar por tus malos sueños, porque él ya está cuidando de ti.

Desde que empezaste a jugar, a gatear, a caminar, y le veo ayudarte incansable, hacerte mil  y un trillones de gracias para arrancarte tus primeras sonrisas, ofrecerte su mano 24 horas al día si es necesario para dar tus primeros pasos, imaginar juegos, cantar y hasta bailar para hacerte feliz, y levantarte con cariño de cada golpe y cada caída; sé que no me tengo que preocupar por tus progresos, porque tienes en él al mejor apoyo para avanzar.

Desde que dejaste el pecho y empezaste a comer otras cosas; veo como él te prepara biberones a la hora que sea, como trata de convencerte para una cucharada más de puré, como celebra contigo la llegada del postre. Y sé que no me tengo que preocupar por tu bienestar, porque con él nunca te faltará de nada.

Desde que empezaste a dar mucha guerra, dormir poco y mal, no parar ni un segundo en todo el día, romper cosas y tener pataletas; veo como él no pierde la paciencia y te trata de enseñar a ser un poco más civilizada, y a tranquilizarte y a darte abrazos que te calman más que cualquier otra cosa del mundo -si obviamos los gusanitos, claro-. Y sé que no me tengo que preocupar por tu mala leche, porque él siempre tratará de hacer de ti una persona mejor.

Desde que empezaste a investigar intrépida el mundo, correr por el parque sin dejar un rincón, subir a las alturas, caminar por los bordillos, poner a prueba tus nuevas habilidades; veo como él es tu compañero de juegos perfecto, con quien te sientes feliz y segura. Y sé que no me tengo que preocupar por tus ganas de hacer cosas nuevas, porque él te acompañará en tus aventuras.

Desde que empezaste a ir a la guarde y al parque, y a relacionarte con otros niños; veo cómo él te anima a jugar con ellos, a compartir tus cosas, a imaginar actividades divertidas para hacer juntos. Y sé que no me tengo que preocupar de que socialices, porque él siempre te ayudará a relacionarte y disfrutar de la compañía de los demás. 

Todos los días al vestirte, ponerte el chándal de la guarde, tus vestidos, tus vaqueros o cualquier cosa que tengas a bien ponerte encima de la cabeza; veo cómo siempre te dice lo guapísima que estás. Y sé que no me tengo que preocupar porque no te sientas querida y admirada, porque él siempre te recordará que eres preciosa.

Cuando veo cómo os miráis: él a ti, como si fueras lo más bonito que ha visto en su vida, y tú a él, como a tu súperhéroe particular; sé que ya no me tengo que preocupar por ser la mejor madre del mundo, porque él ya ES el mejor padre del mundo.

Al Cangués y todos los padres súperhéroes, incluido el mío: ¡¡¡FELIZ DÍA DEL PADRE!!!


miércoles, 11 de marzo de 2015

El silencio

Una vez que te conviertes en madre (o padre, que ésto no distingue), hay un elemento al que antes no prestabas especial atención y que ahora prácticamente domina tu vida. Ese elemento no es otro que el silencio.

Cuando tienes a tu peque recién nacido, el silencio se convierte en tu aliado, tu amigo, tu arma para conseguir que el peque duerma plácidamente (y tú también). En nuestro caso, el silencio significaba que la Cachorrina dormía tranquila, y también que podría seguir durmiendo si nada la interrumpía, regalándonos algunos momentos de paz, incluso la posibilidad de echar una cabezada -aunque fuera de pie en el marco de la puerta mirando a la cuna-, para recuperar alguna de las miles de horas de sueño perdidas desde su nacimiento.

Si la casa estaba en silencio, significaba que podías ducharte sin público -ese gran lujo-, intentar adecentar lo que antes era un hogar y, desde la llegada del bebé, sólo caos, acumulación de polvo y montañas de ropa diminuta para planchar, y si tenías suficiente suerte, tratar de darte un capricho, como leer, ver una peli o darte un achuchón con el padre de la criatura, en silencio, eso sí, y a escondidas, como si fuerais los amantes de Teruel. 

Sin embargo, esos bebés van haciéndose mayores, y aprenden a caminar, y a correr y a trepar por los muebles del salón, y a beber agua del bidé, abrir cajones o poner la lavadora con la ropa blanca y sus pinturas de colores en el interior; y entonces el silencio, que antes era tu aliado y tu salvación, se convierte en tu peor pesadilla y fuente de todas tus crisis nerviosas y conatos de angina de pecho. 

Porque te acostumbras a que la Cachorrina grite y de voces como poseída corriendo por toda la casa, y persiguiéndote para que juegues con ella; y sin darte cuenta, llega un momento en el que de pronto te paras, no sabes por qué se te eriza la piel y te pones en alerta nivel “velocirraptor en la cocina de Parque Jurásico”, y no sabes muy bien por qué: un momento, piensas, qué es lo que suena: nada, no se oye nada, ¿por qué no se oye nada? -empieza la taquicardia y los sudores fríos- ¡¡¡¡¡POR QUÉ NO SE OYE NADA???? Y en ese instante pegas un brinco y recorres toda la casa a la velocidad del rayo tratando de averiguar de dónde proviene ese silencio tan inquietante que sólo puede querer decir que algo malo trama la nena. Y te la encuentras inmersa en un mar de papel higiénico en el baño -porque ha decidido sacar todo el papel del paquete y deshacer uno a uno todos los rollos, como si fuera la Cachorrina de Scottex-, o sentada en un charco de aceite en la cocina, restregando las manos por el pringoso suelo y limpiándose en la ropa o el pelo; o coloreando con rotulador ultra permanente los libros de la biblioteca. Y todo lo hace en cuestión de segundos y sin emitir el más mínimo sonido. ¡¡Ella!!, acostumbrada a cantar y vocear como si vendiera patatas en una venta ambulante y a ir por la casa estrellando su moto o su sillita contra muebles y paredes a diestro y siniestro... entonces, la nena decide ser delicada como un pajarillo y jugar sin molestar. Qué detalle, oiga. Y así, el silencio que antes tanto te gustaba, pasa a ser una de las cosas más terroríficas a las que tienes que enfrentarte en tu vida... Escalofríos sólo de pensarlo.



Imágenes vía Pinterest.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Sin rencor

Si algo tienen de genial nuestros cachorr@s, es que son felices la mayor parte del tiempo, tienden a quedarse con lo bueno y son cero rencorosos. Lo malo lo dejan atrás y, lo que es mejor, lo olvidan completamente en cuestión de segundos, lo que les permite seguir adelante con una facilidad maravillosa.

El lunes sin ir más lejos, tuvimos que llevar a la Cachorrina a poner una vacuna que le quedó pendiente (cambios de pediatra con criterios distintos tuvieron la culpa), de esas que cuestan un ojo de la cara porque no las cubre la Seguridad Social, y que hacen que en año y medio te gastes unos 500 euros en malos ratos para la nena. Pues eso. El caso es que la pobre se pilló el disgusto lógico cuando el hombre malo desconocido le clavó una estocada (en serio, hace falta esa aguja que le atraviesa toda la pierna???) y sus padres, que se supone que estamos para protegerla, no sólo asistimos al ataque gratuito impasibles, sino que colaboramos con él inmovilizándola para que no pueda ni defenderse -que yo os juro que me pareció que cuando cogió aire tras el susto inicial, la nena dijo “cabroooneeeesssss”, palabra-. Y cuando una piensa que la Cachorrina no podrá perdonarnos la faena en la vida -teniendo en cuenta que además es una práctica que tenemos por costumbre hacer periódicamente, que cada 3 meses le clavan algo a la nena-, pues le das un achuchón y en medio segundo la peque te abraza y ya no llora, y entonces el hombre malo desconocido le da una piruleta de corazón, y la Cachorrina ya regala sonrisas y caída de pestañas como si estuviera siendo la tarde de su vida. Bendita pérdida de memoria a corto plazo, o lo que sea eso.


Y lo mismo ocurre con las rabietas. La Cachorrina, que mala leche tiene un rato, se endemonia infinito si no le dejas meter la cabeza en el horno cuando está caliente, o jugar con los cuchillos del lavavajillas o beberse el Mistol Concentrado Ultra-Plus Frescor Limón (es que ella es muy de experiencias extremas), y se tira al suelo pataleando y gritando como poseída por el mismísimo espíritu de Belén Esteban sin cocretas que llevarse a la boca; pero es enseñarle un cuento, una galleta o decir las palabras mágicas “a que te pillo”, y reírse, ponerse en pie y echar a correr feliz y contenta por toda la casa... Y esa capacidad de dejar atrás los sentimientos y recuerdos negativos, de ir por la vida sin rencor, sin acritud, con ánimo siempre de pasar página para no desaprovechar las cosas buenas que se les pongan por delante es tan genial, que no deberíamos perderla nunca.







 Imágenes vía Pinterest.

p.d. Mil millones de gracias por seguir pasando por aquí a hacernos una visitilla, que se ve que la única que no está a la altura es una servidora. Pero intentaré ponerme de nuevo las pilas, porque 400.000 visitas largas bien lo merecen. Gracias!!!

miércoles, 25 de febrero de 2015

La Cachorrina quiere ser mamá

Hace tiempo asistí a una charla en la que una abogada nos explicaba cómo evitaba educar a sus hijos en la tradicional dicotomía rosa y azul para diferenciar al niño de la niña. Hasta ahí, me parece estupendo, aunque a mí el rosa me pirra. Pero luego quiso rizar el rizo, a mi modo de ver, explicando como a su hija le compraba Madelmanes destructores y a su hijo Barbies y Nenucos, porque entendía que los juguetes estaban orientando a los niños hacia unos roles determinados. Y, en parte, estoy de acuerdo con esa afirmación, especialmente cuando veo una fregona de juguete de color rosa, porque si una niña juega a limpiar la casa, no es porque sea inherente a su persona, es porque lo ve a hacer a sus padres en casa y ella quiere imitar todo lo que hacen los adultos, y lo mismo si es niño.

Pero, yo que soy de un feminismo más relajado, del vive y deja vivir, -porque que hombres y mujeres debemos ser iguales en derechos y deberes me parece tan obvio que no me gusta la reivindicación constante del nosotras y nosotros-, no podía evitar imaginarme a la hija de la buena mujer dándole biberones al anfetaminado guerrero, y al niño tratando de destruir al enemigo a base de patadas voladoras con la Barbie Princesa Prometida.

Y es que soy de las que piensa que hombres y mujeres somos maravillosamente diferentes, ni mejores ni peores, con nuestros pros y nuestros contras; complementarios en cualquier caso. Y que lo mismo que somos diferentes físicamente, lo somos en nuestra forma de percibir el mundo y de interactuar con él, como sucede con cualquier especie animal. Y supongo que los padres de niños de ambos sexos podrán comprobar que aún educándolos de la misma manera, sus cachorros son diferentes a sus cachorras.
Aunque si algo es el ser humano, es complejo, y nada quita para que las niñas disfruten como locas de jugar con coches de carreras y que un niño quiera para Reyes la bañera cambiador de Nenuco. De hecho, mi corta experiencia como madre me enseña que todos los niños (hablo en neutro) disfrutan y juegan con cualquier cosa que se les ponga por delante, sea lo que sea y tanto si en el anuncio sale un niño o una niña.

Digo todo esto porque la Cachorrina tiene sólo año y medio y un instinto maternal que te quedas muerto en el sitio: acuna a sus muñecos, los acuesta, los tapa, los peina, les cambia el pañal y les da puré metiéndoles la cuchara hasta las amígdalas. Y nadie le ha dicho que lo haga, y lo hace hasta con Coco, que no es un bebé rosado precisamente, lo que me hace pensar que es una niña con una cierta tendencia innata a algunas formas de jugar, aunque ello no quita para que en el parque muera por una pelota y una moto (a ser posible ajena).

Con esto quiero decir que me parece peligroso coartar de alguna manera los instintos primarios de los niños por miedo a estar imponiéndoles unos roles sociales. En mi caso tengo muy claro que si la Cachorrina me pide coches de carreras y vestir como un Backstreet Boy, eso tendrá (aunque muera de pena porque, presumida que es una, querría ponerle vestidos y bailarinas y que fuera presumida y hecha un pincel), y lo mismo, si algún día tengo un niño que quiere jugar a la Nancy y a ser Princesa Disney. Dejaré que ellos decidan y yo intentaré fomentar que sepan jugar a cualquier cosa, pero lo que tampoco haré será tratar de luchar contra sus inclinaciones naturales para evitar que caigan en la diferencia hombre/mujer. Que la hay, hombre ya. Y yo estoy muy orgullosa de ser mujer y de aquello que me diferencia y quiero que la Cachorrina también lo esté. Además, si no fuéramos tan diferentes en muchos aspectos, en esta vida nos reiríamos la mitad. Aunque, por supuesto, hay excepciones, también. Maravillosas las diferencias y maravillosas las excepciones. Pero que la Cachorrina quiere ser mamá, es así(n).

miércoles, 18 de febrero de 2015

El ojo que no se abre

Cuando empecé a escribir este blog, en plena vida contemplativa de mi propia barriga, me las prometía muy felices y pensaba que podría tener un blog de esos súper activo escrito por madres que lo mismo te hacen cupcakes con la cara del primo de Dora la Exploradora para llevar a la guarde, que hacen recetas sanísimas a la par que divertidas para que sus retoños cenen sin rechistar la verdura con forma de colibrí y sueñen con ayudarte en la cocina nivel Máster Chef, que les construyen una aldea medieval para jugar a los castillos y las princesas con cajas de zapatos y plastilina, o que se sacan de la manga una estantería para los cuentos con una cortina de baño y unas chinchetas, y que encima tendría tiempo para publicarlo todo, haciendo, de éste nuestro blog, un espacio entretenido, didáctico y ameno.

Pero la cruda realidad es que cuando una está pensando en actualizar escucha una llamada de la selva, que no es otra que la Cachorrina, que asalvajada perdida se despierta y asoma en lo alto de la cuna balanceándose agarrada a los barrotes al grito de “U-U-U”, y la intento sacar y no me deja, porque lo que quiere es juerga y me lanza los juguetes y chupetes que acumula con ella, y cojines, y no me lanza el somier porque le pesa, y cuando la atrapo para cambiarle el pañal que pesa 8 toneladas se vuelve loca porque no le gusta dejar de jugar para que la despeloten en el cambiador, que es muy pudorosa ella, y a base de cantar por encima de los decibelios permitidos y hacer el mono (literalmente, el chimpancé o el gorila, según el día) consigo que se calme y me deje ponerle un pañal decente a estrenar, y cuando ya nos entendemos y me está contando en arameo antiguo sus cosas mientras yo asiento y pongo cara de “qué me dices, no!”, de repente se frota el ojo como una poseída, da patadas, se retuerce y llora como si no hubiera un mañana y a mí ya se me ponen los pelos de punta -y sufro lo que viene siendo el principio de una angina de pecho-, y trato de calmarla y comprobar qué ha pasado para ese estallido de violencia, y no me deja ni que la toque, mientras ella sigue frotándose el ojo. Consigo hacerle un placaje digno de la Super Bowl y echarle un vistazo. Y veo el ojo hinchado. ¡Pero cómo, si hace un segundo estaba bien! Y la niña no llora más porque no puede, y yo me empiezo a poner muuuy nerviosa, y mientras intento que no se tire del cambiador de cabeza ni se frote más el ojo, con la otra mano saco de la cómoda un poco de suero fisiológico, pero como no se está quieta , le rocío toda la cara, lo que la cabrea más todavía... y yo sudo, y ella llora, y yo la cojo y la abrazo, pero no se calma, y la tumbo en la cama e intento que me deje ver que le pasa en el ojo, y sigue pataleando, y ella grita y yo lloro y cojo el móvil y llamo a un taxi dispuesta a plantarme en urgencias en pijama y zapatillas y con la niña enloquecida, y entonces me doy cuenta de que el ojo no está hinchado... a ese ojo le falta algo... un momento... le falta pelo... las pestañas!!! La nena no tiene pestañas!!!! Y trato de abrirlo mientras ella me da patadas voladoras y sí, TODAS las pestañas de medio metro que tiene la Cachorrina están dentro del ojo!!!!!!!!!!!!!! TODAS!!!!!!!!!!!!!!! PERO CÓMO HAS HECHO ESO HIJA MÍA, PORFAVÓ!!!! Y vuelvo a poner en práctica una técnica ninja para inmovilizarla con una mano y tratar de abrirle el ojo lo suficiente para que las pestañas volvieran a su sitio. Y lo hicieron. Y la Cachorrina abrió los ojos. Y se calmó. Y yo respiré. 

Pero antes de que me diera tiempo a calcular los años de vida que me había quitado la crisis de las pestañas de la nena, ya la tenía desfilando delante de mis narices tocando la pandereta y tirando de mi para que leyéramos un cuento, o todos... Bendita capacidad de recuperación (0 a 100 en un nanosegundo)... 

Y así siempre. Estamos como para hacer la Casa de Mickey Mouse en papel maché o unos pasteles de puerros con forma de delfín... En serio, mamis chachis del mundo... ¿cómo lo hacéis?

miércoles, 21 de enero de 2015

18 meses

Año y medio, ahí es nada. En un abrir, vaciar y cerrar cajones de la Cachorrina, ha llegado a los 18 meses hecha una campeona -y un polvorín, que todo hay que decirlo-, y nosotros hemos llegado cuerdos, lo cual ya tiene su mérito.

En estos últimos meses la peque ha cambiado muchísimo: ha crecido, se le va poniendo cara de niña y va abandonando su aspecto de bebetona. Está muy alta y “hermosa”, y aunque hasta mañana el pediatra no nos dará los datos exactos de su crecimiento, ya os digo yo que pesa un huevo (sí, aceptamos el huevo como unidad de medida universal). También le ha crecido mucho el pelo pero tiene unos rizos indomables -la loca de los pelos, la llamamos, no digo más-, que cada vez se le ensortijan más y en lugar de crecer parece que menguan.

Pero si en algo ha evolucionado es en su motricidad, su verborrea, entendimiento... En fin, que de unos meses para acá espabila a pasos agigantados. Corre que se las pela, ha aprendido a equilibrarse si tropieza, así que se cae mucho menos y, si se cae, ya no frena con los pocos dientes que tiene, sino que pone las manos. Además ya empieza a reconocer formas y colores y es capaz de acoplar piezas de madera grandes con forma de animal en sus huecos. Y hemos conseguido que empiece a recoger sus juguetes, aunque nos lleva horas porque celebra y se autoaplaude con cada cosa que pone en su sitio.

También imita todo lo que ve, y da de comer a sus muñecos, los acuna, les tapa para que duerman, los sienta en la trona (y los lanza al aire sin miramientos cuando ve que llega la comida y le están ocupando el sitio... que con la comida no se juega.) Aunque lo que más la entretiene son los cuentos, libros, revistas o todo lo que caiga en sus manos que tenga páginas para pasar... lo que le gusta el diccionario de inglés... yo creo que es una indirecta a su padre que está venga a ponerle dibujos en inglés y la pobre anda mirando a ver si se entera de algo.

Habla mucho: en su idioma no calla, todo lo comenta y te lo cuenta convencida como si la estuvieras entendiendo. Y canta mucho, en su idioma también. Y no sé si será amor de madre, pero creo que canta ya la canción de Frozen. Muerta me quedo. 
Que le entendamos dice: mamá, papá, caca, Coco, Pipi, Pepe -son los nombres de sus muñecos-, Pi (que es el chupín o el pie, según le convenga), ava (agua), pa (pan), pe (peti-danonino para los modernos-), Quí (aquí), No, nononono -con movimiento de dedo y cabeza incluidos para que no haya duda alguna de que de hacer eso que le dices, nones-,... también hace esfuerzos a veces por decir cosas más complicadas, como ulululu (cocodrilo) y ococó (Pocoyó). También sabe imitar a un montón de animales, algunos difíciles hasta para mí: la vaca, la oveja, el caballo, el elefante, el pavo, el mono, el lobo, el gorila (se da golpes en el pecho -me la como-)... Vamos un despliegue de talento que nos tiene la mar de entretenidos.

Sigue comiendo mucho y muy bien, y hemos descubierto que lo que más le gusta del mundo mundial es la lubina al horno y el queso manchego. Dice que los quesitos te los comas tú, ella curado del bueno. No sabe nada la nena...

Y en la guarde está ya encantada, se queda contenta, la recogemos contenta, y come y echa su siesta allí de mil amores, lo cual es de agradecer porque siempre se queda una preocupada de que no lo pase mal ni se sienta abandonada por dejarla allí. Nos dice la profe que no para un segundo y que se pasa la mañana cantando, así que supongo que eso quiere decir que está feliz.

Las noches las alterna, según le dé... qué sinvivir oiga, nos acostamos siempre con la incertidumbre de si esa noche dormirá del tirón o se tirará media noche despierta... Yo así no llego a mayor.

Lo cierto es que está en un momento muy gracioso y, por mucha guerra que dé, tenemos que reconocer que la casa está llena de ambiente (ella se basta y se sobra para llenar cada rincón) y nos reímos mucho. ¡A ver qué nos espera a partir de ahora!