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miércoles, 15 de abril de 2015

Ir al parque sin silla, o como dar la vuelta al mundo sin salir del barrio

Una tarde cualquiera una llega cansada de trabajar, sin tiempo ni para sentarse a comer porque según llega recoge a la Cachorrina de la guarde  y trata de hacer que meriende antes de salir pitando al parque a que la criatura termine de agotarse -todo para ver si así duerme decentemente-, y se encuentra sin fuerzas para enfrentarse a la nena que no quiere subirse a su silla bajo amenaza de explosión de furia. E, inocente, mira por la ventana y ve que luce el sol, y mira a la Cachorrina y ella le regala su mejor caída de pestañas mientras dice Pepe-Pepe-Pepe, aludiendo a su muñeco que está sentado en la sillita de juguete que la nena estrella una y otra vez contra la puerta deseando salir de casa a pasear a “su bebé”. Y una que es débil, claudica, y se le despista la neurona sana que le queda y decide que por qué no, que vamos a ir al parque sin silla, que la Cachorrina ya es mayor y a la pobre le hace ilusión pasear a Pepe.

Y así, mostrando un grado de inconsciencia que ni los guiris haciendo balconing, sale a la calle con la nena, con Pepe, la silla de juguete, la mochila con el kit de supervivencia (agua, galletas, pompero y toallitas) y sin MacLaren. En buena hora.

Llegados a este punto tengo que aclarar que, según Google Maps, desde la puerta de casa nos separan unos 280 metros del parque, lo que, en condiciones normales son 4 minutos de trayecto a pie. Una vez aclarado este punto, prosigo: 

Una vez cruzado el umbral del portal llegó el infierno: que si por ese lado no quiere ir, que si Pepe quiere ir por aquí (bueno, pienso,sólo son 5 minutos más ir por el camino largo, así que vamos); que si coloca cada dos pasos la silla y al muñeco, que si se sorprende con cada hoja seca del camino, que si estrella la silla en cada árbol, bordillo, farola, que si coge la silla para subir escalones, que si se mete en toooodos los portales a nuestro paso, que si uno tiene rampa de acceso la sube y la baja, la sube y la baja, la sube y la baja, la sube y la baja, la sube y la baja..., que si “mira mamá: hormigas”, que si abandona la silla y se escapa para que mamá la persiga y luego tenga que retroceder con ella a cuestas a por la sillita, que si no quiere caminar más y mamá tiene que cargar con niña de 12 kilos, más mochila de supervivencia, más Pepe y la sillita, que si a mamá se le caen las gafas de sol al suelo y no le quedan manos libres, que si poso a la niña para coger las gafas y se endemonia y se tira al suelo y patalea porque quiere cuello, que si llega otra niña y se produce un conato de secuestro de Pepe que pone a la Cachorrina al borde del colapso y a mí jurando en arameo antiguo por haber tenido la idea de salir sin silla. 

Y seguimos: que si quiere agua, que si la soborno con una galleta de dinosaurio para que camine, que si llevamos 40 minutos para hacer 100 metros, que vuelve a querer llevar la sillita, pero por el prao intentando atropellar cacas de perro, la persigo, pero es demasiado tarde y ya ha atropellado una, limpiamos las ruedas de la silla,  consigo volver a la acera,  corre a esconderse en un portal, lame el cristal de la puerta, lo limpio, mientras limpio, ella huye y entra en otro bucle de subir y bajar rampas, pero ahora más difícil, sube escaleras echándose la sillita al hombro y baja la cuesta acelerada, amenazando con estamparse en cualquier momento. 

Yo no veo la hora de llegar al parque, pero lo que sí que no veo es el parque, que está todavía lejísimos, como en otra isla, o en otro país, y trato de ponerla en ruta de nuevo, pero entonces sale como alma que lleva el diablo en dirección contraria, y retrocedemos (NOOOOOOOOOOO, RETROCEDER NOOOOOO!!!!), y entonces abandona otra vez la sillita, y mamá vuelve a cargar con todo, a ver si avanzamos, y ha pasado ya una hora y todavía no diviso la entrada del parque, y encontramos otra vez a la niña de antes y se produce el segundo intento de secuestro de Pepe y de nuevo la furia, y las hormigas, y las carreras a las rampas de los portales... y no sé cómo parece que llegamos a nuestro destino, y miro el reloj y hemos tardado 1 hora y 20 minutos en recorrer los 280 metros más largos del mundo. Y suspiro aliviada y miro a la Cachorrina feliz y le digo “Bien!! Llegamos al parque!!”, y la Cachorrina está de cuclillas y empieza a oler raro... “a qué huele, no estarás haciendo caca? NO ESTARÁS HACIENDO CACA???!!!!!!” Pues sí, está haciendo caca. Estupendo.  Y el cambiador... en la silla que se quedó en casa. Bravo Lorena, Bravo!!. 

Total, que sin haber podido entrar al parque, emprendemos el camino de regreso: la Cachorrina cantando y estrellando la sillita contra los árboles y yo aguantando las ganas de dejarme atropellar por el bus urbano... Finalmente, tras media hora de regreso, llegamos a casa, y nos recibe el Cangués, que feliz, sonriente y ajeno al desastre nos pregunta: “¿Qué tal en el parque?” …............ Y hasta aquí puedo leer.

p.d. Por lo que a mí respecta, la Cachorrina irá sentada en su silla hasta que apruebe 4º de la ESO. He dicho.

miércoles, 18 de febrero de 2015

El ojo que no se abre

Cuando empecé a escribir este blog, en plena vida contemplativa de mi propia barriga, me las prometía muy felices y pensaba que podría tener un blog de esos súper activo escrito por madres que lo mismo te hacen cupcakes con la cara del primo de Dora la Exploradora para llevar a la guarde, que hacen recetas sanísimas a la par que divertidas para que sus retoños cenen sin rechistar la verdura con forma de colibrí y sueñen con ayudarte en la cocina nivel Máster Chef, que les construyen una aldea medieval para jugar a los castillos y las princesas con cajas de zapatos y plastilina, o que se sacan de la manga una estantería para los cuentos con una cortina de baño y unas chinchetas, y que encima tendría tiempo para publicarlo todo, haciendo, de éste nuestro blog, un espacio entretenido, didáctico y ameno.

Pero la cruda realidad es que cuando una está pensando en actualizar escucha una llamada de la selva, que no es otra que la Cachorrina, que asalvajada perdida se despierta y asoma en lo alto de la cuna balanceándose agarrada a los barrotes al grito de “U-U-U”, y la intento sacar y no me deja, porque lo que quiere es juerga y me lanza los juguetes y chupetes que acumula con ella, y cojines, y no me lanza el somier porque le pesa, y cuando la atrapo para cambiarle el pañal que pesa 8 toneladas se vuelve loca porque no le gusta dejar de jugar para que la despeloten en el cambiador, que es muy pudorosa ella, y a base de cantar por encima de los decibelios permitidos y hacer el mono (literalmente, el chimpancé o el gorila, según el día) consigo que se calme y me deje ponerle un pañal decente a estrenar, y cuando ya nos entendemos y me está contando en arameo antiguo sus cosas mientras yo asiento y pongo cara de “qué me dices, no!”, de repente se frota el ojo como una poseída, da patadas, se retuerce y llora como si no hubiera un mañana y a mí ya se me ponen los pelos de punta -y sufro lo que viene siendo el principio de una angina de pecho-, y trato de calmarla y comprobar qué ha pasado para ese estallido de violencia, y no me deja ni que la toque, mientras ella sigue frotándose el ojo. Consigo hacerle un placaje digno de la Super Bowl y echarle un vistazo. Y veo el ojo hinchado. ¡Pero cómo, si hace un segundo estaba bien! Y la niña no llora más porque no puede, y yo me empiezo a poner muuuy nerviosa, y mientras intento que no se tire del cambiador de cabeza ni se frote más el ojo, con la otra mano saco de la cómoda un poco de suero fisiológico, pero como no se está quieta , le rocío toda la cara, lo que la cabrea más todavía... y yo sudo, y ella llora, y yo la cojo y la abrazo, pero no se calma, y la tumbo en la cama e intento que me deje ver que le pasa en el ojo, y sigue pataleando, y ella grita y yo lloro y cojo el móvil y llamo a un taxi dispuesta a plantarme en urgencias en pijama y zapatillas y con la niña enloquecida, y entonces me doy cuenta de que el ojo no está hinchado... a ese ojo le falta algo... un momento... le falta pelo... las pestañas!!! La nena no tiene pestañas!!!! Y trato de abrirlo mientras ella me da patadas voladoras y sí, TODAS las pestañas de medio metro que tiene la Cachorrina están dentro del ojo!!!!!!!!!!!!!! TODAS!!!!!!!!!!!!!!! PERO CÓMO HAS HECHO ESO HIJA MÍA, PORFAVÓ!!!! Y vuelvo a poner en práctica una técnica ninja para inmovilizarla con una mano y tratar de abrirle el ojo lo suficiente para que las pestañas volvieran a su sitio. Y lo hicieron. Y la Cachorrina abrió los ojos. Y se calmó. Y yo respiré. 

Pero antes de que me diera tiempo a calcular los años de vida que me había quitado la crisis de las pestañas de la nena, ya la tenía desfilando delante de mis narices tocando la pandereta y tirando de mi para que leyéramos un cuento, o todos... Bendita capacidad de recuperación (0 a 100 en un nanosegundo)... 

Y así siempre. Estamos como para hacer la Casa de Mickey Mouse en papel maché o unos pasteles de puerros con forma de delfín... En serio, mamis chachis del mundo... ¿cómo lo hacéis?

martes, 24 de junio de 2014

Vamos a la playa, calienta el sol...

Cuando el Cangués y una servidora éramos sólo dos, o si acaso, dos y un barrigón, íbamos a la playa prácticamente con lo puesto, el bikini o bañador debajo de la ropa, la toalla al hombro, la crema para el sol y a correr. Disfrutábamos muchísimo de escaparnos a la playa para aprovechar cualquier rayo de sol que se dignara a lucir en nuestra Asturias Patria Querida. Pero las cosas han cambiado radicalmente desde que la Cachorrina entró en nuestras vidas, y desde que el destino tuvo a bien situarnos en una Isla paradisiaca, con calas de arena blanca finísima y aguas cristalinas color turquesa, y 300 días de sol al año.

Ahora la playa forma parte de nuestro día a día, -no pongo rutina diaria, pero nos falta el canto de un duro para ir día sí día también-, pero nos hemos encontrado con que no es tan fácil como antes ir a darnos un chapuzón y que en lugar de ir a la playa a relajarnos volvemos más estresados que si hubiéramos estado dando voces al teléfono, comprando y vendiendo acciones en Wall Street. Pero aún así, nosotros insistimos, que no se diga que no nos gusta un quítame de ahí esa arena.

El caso es que nosotros nos levantamos un nuevo día de cielo azulísimo y calor y con unas horas libres por delante, y casi sin pensar -a lo mejor si nos detuviéramos a meditarlo un segundo la cosa cambiaba...- decidimos que nos vamos a la playa. Y entonces empieza lo bueno: antes de salir de casa hay que encontrar a la Cachorrina, que desde que gatea uno no sabe nunca por donde puede aparecer, y hacerle un placaje de Pressing Catch para echarle crema factor "escomoestaralasombra" 50+, mientras se revuelve por escapar, te quita el bote de las manos y se chupa la crema con ansiedad. Una vez encremada la peque y preparados con biberones de agua, chupetes extra, pañales y todos los trastos que habitualmente llevamos de paseo con nosotros, sólo nos queda coger las cosas para la playa que incluyen: una giganto bolsa para nuestras toallas, cremas, gafas de sol, libros -sí, llevamos libros, no porque vayamos a tener ni un solo segundo para leer, es por el placer de cargar con ellos y llenarlos de arena sin sentido-, una cesta con juguetes de la Cachorrina aptos para ser rebozados en la arena y/o tirados al agua, un cubo con su pala, su regadera, su rastrillo, sus  moldes con forma de cangrejo y estrella de mar, y esas cosas que se convierten en armas letales en manos de la nena, la lancha hinchable para que la Cachorrina navegue o se quede a remojo modo piscina con sus cachivaches, la sombrilla para que no se tueste con el sol, muselinas por si se echa la siesta, la silla-hamaca plegable para el Cangués (ésta ya es por vicio, que una vez metidos en el lío, nos venimos arriba y cargamos con lo que nos pongan por delante), termo con la comida de la peque y una colección de sombreros para la nena que va alternando a la misma velocidad que se los quita y los pone a remojo.

Total, que cargados como mulas tordas pisamos la arena no sin antes distribuir el equipaje: Cangués con silla de la Cachorrina que no rueda en la arena, la nena en la silla enloqueciendo por ver el agua, sombrilla en el hombro izquierdo, y giganto-bolsa en el derecho, y la menda lerenda, con cubo y pala en una mano, silla plegable en la otra, cesto de juguetes en el antebrazo izquierdo, termo con comida en el antebrazo derecho, lancha motora al cuello que no me deja avanzar y que se engancha con la silla y me hace tropezar tropecientas veces mientras doy saltitos porque quema la arena, mientras cruzamos en peregrinación tooooda la playa porque nos gusta ponernos en la orilla, mireusté -debo decir que ésto de la orilla nos gusta aquí en la Isla que no hay mareas, porque lo que es en Asturias si te pones en la orilla y te sube el agua, en un abrir y cerrar el bote de crema, te encuentras mar adentro, en aguas internacionales-.

Una vez aparcamos la silla de la Cachorrina, sacamos las toallas, clavamos la sombrilla, montamos la zona de juegos de la nena, le ponemos el bañador y nos encremamos todos, tenemos que echar a correr al agua para que la peque deje de comer arena intentando ir ella sola, así que nos hacemos a la mar con la lancha llena de juguetes y de agua que la Cachorrina se empeña en beber chupando con ansia todo lo que ya tenga un mínimo sabor salado, mientras tira por la borda el primer sombrero, jugamos en el agua hasta que estamos todos arrugados, y cuando salimos toca sesión de furia para secar a la Cachorrina, ponerle un pañal limpio, un bañador y un sombrero secos y una segunda capa de crema. La situamos en medio de 3 toallas gigantes perfectamente limpias de arena y dispuestas para que juegue tranquilamente, mientras el Cangués y yo la observamos de pie, sin sitio donde ponernos, -porque la silla plegable ya os dije que la llevamos por el placer de cargar-, y observamos como en medio segundo, el fruto de mi vientre, ha arrastrado todas las toallas, enterrado las manos en la arena, se la ha tirado por la cabeza y se come un buen puñado con una mano mientras con la otra se hace un peeling en las corneas, dejándose los ojos rojos y llorosos como si viniera de un after. Y entonces volvemos al agua a quitar el rebozo que se ha formado entre la arena y la crema, y a tratar de que la peque escupa y abra los ojos de nuevo, y volvemos a salir y a secarnos, y ponernos un bañador seco y el tercer sombrero, porque el segundo también ha sucumbido al baño. Y así nos da la hora de comer, y la sentamos en la silla, pero se endemonia y se lanza de cabeza contra la lancha, y decidimos darle de comer en la lancha, y así entre cucharada y cucharada puede darle algunos lametones al hinchable que todavía sabe a mar, y consigue coger arena de la pala y se la lleva a la boca a la vez que la cuchara con el puré, y como le pican los ojos del primer peeling, se hace otro, pero éste con vitaminas, que incluye verduras y proteínas además de arena, y antes de irnos hay que meterla en la ducha a ver si lo arreglamos, y nos llega la hora de irnos, y, sin haber puesto el culo en la toalla -ni en la silla plegable-, sentamos a la Cachorrina, recogemos las toallas en la giganto bolsa, recopilamos bañadores y gorros que estaban secando, hacemos recuento de bajas de los juguetes que traíamos, desplegamos la silla, sacudimos arena de los libros, limpiamos restos de puré y arena de la lancha y el rastrillo, desmontamos la sombrilla, y volvemos cargados por donde vinimos, dando saltitos porque quema la arena y más agotados que si hubiéramos estado 8 horas picando piedra en la Camocha. Y lo peor de todo es que nos vamos felices y deseando volver mañana. 


¡¡Seguid tan guap@s!!

martes, 27 de mayo de 2014

Paseando voy, paseando vengo

Un día cualquiera la Cachorrina y yo decidimos salir a dar uno de nuestros paseos diarios, uno de esos tranquilos, al sol, respirando aire puro; de esos que te llevan toda la tarde para que te dé tiempo a pasear por el parque, ir a los columpios a jugar con la peque, llegar hasta el centro, sacar algún libro de la biblioteca, y después dar un repaso de escaparate en escaparate a las nuevas colecciones del imperio Amancio (que para eso una lleva años poniendo su granito de arena para que el Señor Ortega se mantenga en el Top 3 de Forbes año tras año), para terminar disfrutando de la brisa marina por el puerto, volviendo a casa disfrutando con la peque persiguiendo palomas o viendo guau-guaus. 

Y sale una por la puerta sonriendo y cantando la canción obligada para que la Cachorrina se deje atar a la silla "Vamos de paseeeeo, Nere y mami van de paseeeeo"... No sin antes dar 25 vueltas de comprobación de que lo llevamos todo : merienda, sí; babero, sí, juguetes, sí; mantita por si refresca, sí; plástico por si llueve, sí; sombrilla para el sol, sí; un par de galletas por si las moscas, no, -voy a por ellas-, galletas, sí; crema para el sol, sí -previamente la tengo que untar en casa-; cambiador, sí, con sus pañales, no -tengo que reponer, ya está, pañales, sí; toallitas, sí; crema para el culín, sí; muda limpia para las catástrofes naturales, sí; qué más... cartera, móvil, llaves de casa, la nena... Creo que ya está todo. Salimos!! "Vamos de paseeeeo, Nere y mami van de paseeeeo"...

Llegamos a la calle cantando, felices y contentas y nos disponemos a ir al parque pero no llevamos recorridos ni diez metros cuando la Cachorrina, en pleno apogeo de su descubrimiento de la ley de la gravedad, tira el chupete al suelo con tan buena suerte que lo atropello con la silla (mier...!), no pasa nada, seguimos cantando y saco el chupete de repuesto... no, se nos quedó la chupetera en casa, tenemos que volver. Volvemos a por la chupetera con los chupetes de repuesto, aprovecho para cambiarle el agua del biberón. Ya estamos, salimos de nuevo, cantando, felices y contentas: Ahora sí que sí,  "Vamos de paseeeeo, Nere y mami van de paseeeeo"... Ya se nos ha ido media hora y seguimos en el portal, pero cantando, felices y contentas. Yo canto, la Cachorrina ríe y muerde su móvil de Minnie Mouse.

Conseguimos avanzar 50 metros en dirección al parque, el móvil de Minnie Mouse sale volando, recogemos el móvil y cambiamos de juguete, qué tal las llaves de colores. Dice que no con la cabeza y se pone tiesa modo "yo eso no lo toco ni con un palo", vaaale, llaves no, qué tal animal inquietante de colores, nones; vaaaaaaale, qué tal maraca-sonajero, sonríe (bien!). Se queda con el sonajero y avanzamos. Treinta metros más allá, sale volando el sonajero que cae en el único charco disponible (un charco, en una ciudad en la que no ha llovido en el último mes y medio). Genial, se acabó la maraca. Volvemos con la ronda de juguetes. y empezamos con el juego de coger y tirar, coger y tirar, mami recoge, Nerea tira de nuevo y así en un bucle infernal. De acuerdo. Me planto. No hay más juguetes. Mira qué bien, un guauguau. Da palmadas y grititos emocionada así que nos quedamos viendo al guauguau. El guauguau se va con sus necesidades a otra parte, así que nuevamente avanzamos -"Vamos de paseeeeo, Nere y mami van de paseeeeo"...-. Cuando estamos consiguiendo acercarnos al parque me parece que va extrañamente silenciosa... algo trama... Hemos perdido un zapato y ya se está quitando el otro. Damos la vuelta lo que me parecen 5 kilómetros cuesta arriba en busca del zapato perdido y... ¡lo encontramos! Qué bien, recogemos el zapato y me dispongo a ponérselo. Falta el calcetín, ¡dónde está el calcetín? La Cachorrina ríe y dice que no con la cabeza mientras da palmadas, encantada de la vida, oiga. De pronto veo el calcetín, se cayó en el paso de peatones y el semáforo acaba de ponerse en verde para los coches. Bueno, está en el medio del carril, con suerte no lo atrop... Ya está, primer coche por encima, segundo coche por encima, tercer coche por encima, cuarto coche, no le pasa por encima pero lo hace volar unos metros. Se cierra el semáforo. Bien, voy a por él. Mier...! Ahora se quedó en medio del cruce. Se abre el semáforo de la calle perpendicular y empiezan a pasar los coches: primer coche por encima del calcetín, segundo... y así sucesivamente. Se cierra el semáforo. Están los dos cerrados, no hay peligro. Activo el freno de la silla y me lanzo como una loca a por el calcetín mientras la Cachorrina me mira divertida chupándose el pie desnudo. Vuelvo con el calcetín blanco, que ahora es negro, y ha pasado de ser de la talla dela Cachorrina a ser de la talla del Cangués (de un 19 a un 43 tras un atropello múltiple).

Intentamos ponernos en marcha otra vez, pero ya hemos perdido más de una hora. Por el camino paramos con cada guauguau, porque sino se tira de la silla abajo; de paso me paran las señoras, una me habla de los pechos pequeños de su hija para dar leche y otra se me echa a llorar porque ella no puede ver a sus nietos. Media hora de consolación para la buena mujer. Entre tanto Nerea ha tirado el otro zapato sabe Dios dónde... Disculpe señora, pero tenemos que ir a buscar el zapato... Volvemos otros 3 kilómetros y medio, también lo encontramos. Pero la Cachorrina ya tiene hambre y se nos echa encima la hora de la merienda. No da tiempo a llegar al parque así que merendamos en un banco sentadas a unos pasos de casa. Media hora merendando porque se distrae hasta con las partículas de oxígeno del aire. Recogemos y nos ponemos en marcha de nuevo: "Vamos de paseeeeo, Nere y mami van de paseeeeo"... A ver si llegamos a los columpios por lo menos, que de la biblioteca y los escaparates ni hablamos... Avanzamos 200 metros, ya casi estamos... un momento ¿dónde está el osito-manta? La Cachorrina niega con la cabeza mientras a mí me dan ganas de hacerme la muerta en la puerta del parque... Nos asomamos a la vuelta de la esquina a ver si está el oso, si lo vemos bien, y si no, no volvemos. Uy sí, lo veo, me parece que está allí donde aquel árbol. Volvemos... Pero no, era una bolsa de plástico... Mier...! Ahora sí que lo veo, más allá, en el banco donde merendó la nena... Retrocedemos hasta allí. Lo recogemos y... ya es la hora de volver. Se nos ha pasado la tarde, hemos recorrido 7 kilómetros y prácticamente estamos en el punto de partida: ni columpios, ni escaparates, ni libros, ni barcos, ni brisa marina, ni ganas de vivir, ni ná de ná. Entramos al portal, la Cachorrina feliz, encantada al encontrar de nuevo el osito, y yo, cinco años más vieja y con varias decenas de canas más. Cantamos de nuevo: "Llegamos a casiiiiiina...". Y así echamos la tarde. Qué ruina más ruinosa. 

¡Seguid tan guap@s! :)

viernes, 13 de diciembre de 2013

Y yo sin estos pelos

Había leído en alguna parte que entre los efectos maravillosos del embarazo estaba la ausencia de caída de pelo, con el consiguiente buen aspecto del melenón de cada una. Yo tengo buen pelo (de las pocas cosas que a una le tocaron medio decentes en el reparto genético, -para otras como el metabolismo, llegué de las últimas, como Paquirrín-), así que no noté especialmente que me hubiera mejorado con el embarazo, pero una vez pasado el postparto, es otro cantar.

Resulta que al pelo Pantene que te viene como plus de serie en el embarazo, le sigue una caída horrorosa de cabello después de dar a luz. Todo consecuencia de las hormonas que todo lo pueden en esto de la maternidad. Precisamente por ser una cuestión hormonal, a las mamis que damos el pecho puede empezar a a caernos un poco más adelante. Y en esas estoy. Que desde hace un par de semanas se me cae el pelo a mechones. 

Con el miedo en el cuerpo de quedarme calvísima, y tener que mostraros un precioso DIY capilar haciéndole una manta a la peque (que yo creo que me da), me puse a buscar remedios para evitar o al menos paliar este desastre que te deja al borde del infarto después de cada cepillado (cómo miento, como si yo me cepillara el pelo... yo lo desenredo después de la ducha y da gracias), y lo primero que descubrí y que me dejó más tranquila es que no se trata de una alopecia galopante consecuencia de la maternidad, si no que simplemente, como durante el embarazo no te cae nada de pelo, después de dar a luz se te cae el pelo que te caería normalmente, más el que te dejó de caer mientras estabas con el barrigón, así que ¡que no cunda el pánico!, que en unos meses todo vuelve a la normalidad (esperemos).

Sin embargo, como los cambios hormonales pueden provocar la disminución de la queratina natural del cabello y debilitarlo, es bueno tomar alguna medida para evitar que la caída empeore, como evitar recogidos muy tirantes, gomas del pelo u horquillas, así como planchas o secadores muy calientes. También recomiendan utilizar un champú suave y evitar en esta etapa productos agresivos como tintes, o tratamientos químicos -vamos que no es el momento para un alisado japonés o unas mechas californianas-. 

En mi caso, para evitar la caída del cabello también tengo que tener controladas las manos de la cachorrina que ahora descubrió lo divertidísimo que es arrancarle mechones a mami.

Además, el agotamiento y el estrés propio de toda madre, no ayudan tampoco a mejorar la situación, así que hay que ponerse en modo zen, ¡siempre que nuestros cachorros nos dejen!

jueves, 14 de noviembre de 2013

Lo que la maternidad me robó... Insomnio

Desde que nació la cachorrina ya os comenté que las noches no son momentos de descanso y sueño reparador, sino que más bien cabeceo contra la cuna con un ojo abierto y otro cerrado entre despertar y despertar de la peque cada dos horas, más o menos. 

El caso es que al principio entre toma y toma el agotamiento hacía que casi no me diera tiempo a despertar y creo que prácticamente le daba el pecho dormida, --de ahí que me despertara sobresaltada pensando que me había quedado frita con ella en brazos y lo mismo la había aventado debajo de la cama a la pobre--; así que se podría decir que dormir, dormía unas horas si iba sumándolas todas y al final algo descansaba.  

El problema me ha llegado ahora, tras tres meses de caos nocturno, que mi cuerpo parece haberse rendido y haber decidido dejar de luchar contra la adversidad y que a partir de cierto número de despertares de la peque no duerme más y nos quedamos velando cada ruidito, respiración, patada al aire o destape de la cachorrina. Osea, que duermo unas tres horas, a lo sumo cuatro, al día porque la primera vez en la noche que se despierta Nerea, me duermo, pero a partir de la segunda no pego ojo. Con deciros que ayer a las 4 de la mañana hice mentalmente mi maleta y la de la cachorrina para unas vacaciones que tenemos planeadas... en febrero. Y lo mismo repaso mentalmente la lista de la compra, que necesito una sudadera efecto neopreno, --que lo dice la Vogue--,que le doy patadas ninja imaginarias en el culo a la vecina de arriba por sus gritos y su arrastre de muebles diario, que redacto mentalmente con puntos y comas una denuncia administrativa a Jazztel por tenerle secuestrada una titularidad de ADSL a mi hermana y querer sisarle de mala manera unos euros. Un sin vivir, oiga. Así que cuando la peque vuelve a despertar para reclamar su ración de teta, me pilla en medio de un "huevos, chocapic, leche, pañales... el rojo es el nuevo negro... meto el bikini marinero y el vestido ibicenco... deja la nevera donde está... Solicita que se tenga por presentado este escrito junto con los documentos que se acompañan...", que la tengo esperando hasta que termino, que una es muy cuadriculada y tiene que terminar lo que empieza (para desesperación del Cangués, que no entiende muy bien mi particular escala de prioridades).


Así es que luego me paso el día saludando con bostezos, dando cabezazos --y cabezadas-- contra las paredes, y paseando ojeras de familia Adams y unas hendiduras hermosas en la sien derecha que luzco desde que me quedé traspuesta el otro día contra el quicio de la puerta. (Si es que desde que soy madre estoy muy mal de lo mío y eso lo ve cualquiera.) Así que desde aquí pido a alguien que me ofrezca alguna solución, no sé, un coma inducido o un algo que me ayude a dormir ,siempre que la cachorrina me deje. Pofavó... que hace mucho sueño...

Imagen Taringa.net

sábado, 26 de octubre de 2013

Lo que la maternidad me robó...

Que te paren para una encuesta, te pregunten si tienes hijos y digas que no mientras empujas el carricoche; que la encuestadora y tú os quedéis mirando a la cachorrina y tú le digas sorprendida "ah! sí! ésta!"; y que la pobre te pregunte, por si acaso, si tienes más con cara de querer ofrecerte el comodín de la llamada... Definitivamente la maternidad está acabando con las pocas neuronas sanas que me quedaban... :D