Querida hija,
Siento que esto del embarazo está llegando a su fin -y no quiero meter presión, pero debería-. Cada vez noto más sensaciones en mi cuerpo que me dicen que estás muy cerca de salir a cambiarnos la vida para siempre a tu padre y a mí. Y la verdad es que acoj...ngoja un güevo, no te voy a engañar. A veces me doy cuenta de que paso la mitad del día animándote para que vayas cogiendo posición de salida, y muchas de esas veces termino diciéndome "tú mucho animar a la nena, pero el día que te haga caso y salga de verdad te va a dar un pampurrio que te va a dejar los ojos centrifugando modo Marujita Díaz" y entonces me encuentro acariciándome el barrigón y diciéndote que te tomes el tiempo que necesites, que aquí estaremos esperando igualmente aunque tenga que lucir barrigón hasta tu mayoría de edad, así que ya estarás pensando que tu madre tiene un trastorno bipolar severo.
Pero es que sé que cuando nazcas ya nada será igual: ni yo podré ser la misma, ni tu padre será el mismo, y el Cangués y yo ya no seremos el Cangués y yo, porque habrá nacido una familia. UNA FAMILIA. Y creo que no habrá nada más importante en el mundo que eso, ni más bonito, ni nada que pueda hacerme sentir más feliz ni más afortunada pero, por eso mismo, creo que tampoco habrá nada que pueda asustarme más. Mi mayor preocupación ya no seré yo misma ni mis chorradas: ni si no tengo nada que ponerme en este armario en el que no cierra ni la puerta y me escupe perchas a la cara porque ya no caben más vestidos, ni dónde es la próxima fiesta de prao para beber sidrina y perseguir al Cangués para que baile conmigo como si no hubiera un mañana, ni si sesenta pares de zapatos no son suficientes, es que los necesito (en esto espero tu colaboración para explicárselo a tu papi); si no que deberé mantenerte con vida durante toda la mía (que pasan cosas muy raras y desde que una ve las dos rayitas rosas en el test de embarazo vive ya con el corazón en un puño pensando en como proteger a su cachorrina) y, a ser posible, tratando por todos los medios que estén a mi alcance -y los que no, también-, de que seas feliz... casi nada.
Pero, a pesar del susto, quiero que sepas que me muero por verte, por abrazarte y por mirarte con esos ojos con los que una madre mira a sus hijos y que no son comparables a ninguna otra mirada que yo haya visto jamás -juro que en más de una ocasión se me han puesto los pelos como escarpias viendo a una madre mirar a sus retoños, y da igual que éstos tengan tres años que cincuenta y siete-.
Así que cuando quieras, Nere, estamos preparados para recibirte, para cuidarte y para quererte más que a nada. Y aunque, seguramente, haremos cosas bien, otras no tan bien, y otras la liaremos parda directamente -no nos vamos a engañar, que vienes sin instrucciones, ni en chino o arameo si quiera, y tenemos que aprender el funcionamiento del asunto sobre la marcha-, no nos lo tengas muy en cuenta porque prometo que no te vamos a faltar nunca, sé que vamos a ser muy felices los tres juntos en esta pequeña familia nuestra y, qué leches... ¡lo vamos a pasar teta! :D
Un besín,
Mamá











































