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domingo, 9 de abril de 2017

Fast and Furious I

Que los coches y yo no hacemos buenas migas es algo que sabe cualquiera que me conozca desde hace un tiempo. Esto se debe, principalmente, a que mi índice de siniestralidad es absurdamente alto, si lo comparamos al número de veces que cojo el coche. Y digo absurdamente, porque al volante me han pasado las cosas más pintorescas: desde reventarle una rueda y doblarle la llanta al coche de mi padre, a reventarle dos (sí, dos, por que yo lo valgo) al coche de mi prima unas semanas después; dejar la ventanilla abierta en el túnel de autolavado y hacerle una limpieza íntima al coche y, por el mismo precio, a mi padre y a mí que estábamos dentro; estrellar el coche contra una barandilla por intentar salir de una rotonda por el carril de entrada --yo es que vivo muy intensamente--, con la madre de una de mis mejores amigas dentro cuando íbamos a verla al hospital; abollar el techo del coche al cerrarse la puerta del parking justo cuando yo pasaba; chocar frontalmente contra una hilera de carritos de la compra en el aparcamiento del súper, muy normal todo... y aquí lo dejo porque estoy a una anécdota más de ir yo misma a entregar mi carnet a la Dirección General de Tráfico.

El caso es que, cuando nos mudamos a la isla, el trabajo me obligó a volver a coger el coche, a mí, que había prometido por la Ley de Seguridad Vial que no volvería a pilotar y que me echaría un chófer, o un bonobús en caso de seguir siendo pobre. Así que me vi en la tesitura de tener que conducir todos los días, veinte kilometros de ida y veinte kilometros de vuelta entre mi casa y la oficina... Y sobreviví, oiga, y el coche también. Ni un rasguño. Nada. Ni yo me lo creía. Toma McLaren.

Como coger el coche ya no me suponía un problema, no tuve dudas para utilizarlo para llevar o traer a la Cachorrina del cole los días de lluvia en los que no puedo ir empujando la silla gigante de la miniCachorrina, con Nerea a remolque, con la pose que se me pone de Jorobado de Notre Damme --qué pena--. Así que un día de diluvio universal me decido a salir con Claudia en el coche al encuentro de su hermana. Y yo que recordaba que la Cachorrina, que no dormía nunca, se sentaba en su sillita del coche y se quedaba frita, me pensaba que la Cachorrina 2.0 haría lo mismo y que iría durmiendo plácidamente durante el trayecto de ida y vuelta al cole, en el que yo podría conducir relajada y cantar a grito pelao aquello de "Súbeme la radio que esta es mi canción...". Pues no. Claudia no soporta el coche. Lo odia. Prefiere ayunar una tarde que subirse en un bicho de esos. Es poner en marcha el coche y poseerse: empieza a llorar como una loca, a cambiar de color pasando por todos los tonos de rojo hasta que se pone granate y a amenazar con vomitar o dejar de respirar directamente, lo que le venga primero. Todo para que yo conduzca al borde del infarto cerebral o de la angina de pecho, lo que me venga primero.

Con este plan, he de decir que la ida la llevé más o menos bien, porque son 5 minutos que pasan volando y en los que cantando a grito pelao "La vaca lechera", "Cinco lobitos tiene la loba", "Los pollitos dicen pío, pío, pío" y otros hits del estilo, consigo que Claudia descanse en sus llantos, para coger aire, al menos, y cuando quiere endemoniarse del todo ya estamos en el aparcamiento del cole; pero la vuelta... AY, LA VUELTA...


Continuará...

lunes, 11 de abril de 2016

Miedo en el cuerpo

Desde hace ya unos meses, la Cachorrina ha entrado en una etapa maravillosa de su vida: está más graciosa que nunca, juega con todo y con todos, no se calla un segundo, canta a todas horas, se ríe, reparte mimos y abrazos para hacer chantaje emocional y también porque te quiere... Lo que viene siendo que nos la comeríamos con patatas, o sin ellas, porque se nos cae la baba. 
Algo había oído acerca de los dos años y medio, como que a esa edad los bebés cambiaban y empezabas a ver la luz al final del túnel, y la verdad es que con la Cachorrina puedo decir que ha sido así... las rabietas son mucho menos habituales (de 5 ó 17 al día, hemos pasado a una a la semana), entiende perfectamente todo lo que le explicas (otra cosa es que decida obedecer o desafiarte, que una cosa es que las rabietas sean menos frecuentes y otra que renuncie a su edad del pavo prematura -que la tiene, vaya si la tiene-), te da los besos más tiernos del mundo, ríe a carcajadas si juegas con ella... Creo que hemos entrado en la etapa más bonita de su vida, y de nuesra experiencia como padres, y no me importaría que se quedara así unos cuantos añitos. 

Ahora bien, esta nueva madurez de la peque de la casa nos ha traido también nuevas e inquietantes situaciones; preguntas que hacen que se te ericen los pelos de la nuca, cuestiones que dan más miedo que ver el programa de Iker Jiménez sola en una casa vieja con suelos de madera que crujen y a la luz de las velas porque se ha ido la luz. Ahora mismo el top 3 del terror, los greatest hits de "muertamequedoenelsitio", sus preguntas favoritas para helarme la sangre en las venas son:

(Las preguntas hay que leerlas con una vocecilla dulce y chiquitina y acento medio asturiano medio mallorquín que es amor, directamente).
 
1.-  ¿Te ayudo?

Esta cuando más le gusta es cuando me ve con la fregona y el cubo lleno de agua y jabón. En cuanto la escucho me quedo quieta, paralizada en el sitio como una esfinge, esperando que si no me muevo no pueda verme, como el tiranosaurio rex, pero entonces es cuando viene hacia mí rauda y veloz, salvando todos los obstáculos en su camino y al grito de "yoyoyoyoyoyoyo!!!!", a lo que yo sólo soy capaz de imaginar un lago espumoso con olor a pino del bosque en mitad del salón, que tenéis que ver como, aprovechando mi estrategia de inmovilismo, me arrebata la fregona y va dejando un reguero de agua poor toda la casa hasta estamparla en la alfombra. 
En su favor tengo que decir que es muy de ofrecerse para la limpieza en general y que el polvo lo limpia divinamente. La tarea pendiente es la aspiradora, que la pobre se debe pensar que está viva y sale huyendo despavorida en cuanto la enchufo.

2.- ¿Te hago una trenza?

Escalofríos. No digo más. Viene hacia mí con el peine rosa de plástico con forma de corazón de peinar la cola al pony de Minnie Mouse y su mejor sonrisa de "te voy a dejar más guapa que a Elsa la de Frozen", que a una le nublan las neuronas el amor de madre y se deja arrancar mechones de pelo y rizar el rizo hasta hacerme rastas, y después dejo que me atuse el pelo y me lo azote como la melena de Carmina Ordoñez, que me arrea unas bofetadas de efusividad que me deja tibia. Pero luego me dice que estoy guapísima, como una princesa y que le cante "Let it go" y me da una abrazo que pienso que no puede quererse más. Y dejaría que me hiciera trenzas o encaje de bolillos con la melena.

3.- ¿Jugamos a ésto?

Dice con la caja de costura en la mano, o señalando el horno, o acercándose a coger los cuchillos del lavavajillas, o poniéndose de pie en el cabecero del sofa, que ella es muy de emociones fuertes. Sudores fríos y palpitaciones. Ahí lo dejo.

miércoles, 8 de julio de 2015

La Cachorrina, la isla y el verano

O cómo sobrevivir a temperaturas más propias del infierno con una niña de dos años.

Yo que pensaba que en la isla no existía el entretiempo y que del invierno de enero y febrero habíamos pasado directamente al verano de sus 25 agradables graditos, resulta que llegó junio con una bofetada de calor inhumano, de ese que sólo te deja ganas de hacerte el muerto en el sofá con las persianas bajadas y el ventilador a tu vera como un hermano siamés, soñando con que estás en una tumbona a la sombra, tan fresca tomándote un daiquiri de plátano entre chapuzón y chapuzón en la piscina.

Pero la cruda realidad es que tienes que sufrir los agradables 40 grados (centígrados, no Farenheit, no confundirse) corriendo del trabajo a la guarde para llevarte a la Cachorrina a poner a remojo en la piscina o en la playa, untándole crema hasta en las córneas para que no se abrase y dedicándote a sacudir arena toda la tarde de las toallas, la bolsa y la propia nena, que se empeña en comérsela, o de pasar pánico y sufrir principios de angina de pecho al borde de la piscina por si la nena decide tirarse al agua, así a la brava, sin manguitos, chaleco salvavidas ni nociones de flotación ningunas.

Y si, después de tanto agua, la Cachorrina decide coger un catarro de esos que la ponen a toser como un octogenario fumador crónico en las últimas, que nos tiene en vigilia permanente al Cangués y a mí, entonces la supervivencia estival pasa por ir sembrando el pánico en los centros comerciales con aire acondicionado, en los que la nena amenaza en cada paso con destrozar mobiliario, vaciar percheros o abrir probadores ajenos al grito de “no tuta!!!!”. 

Vamos, lo que viene siendo un anuncio de Estrella Damm.


miércoles, 10 de junio de 2015

Tarde de piscina

Cuando el año pasado bajábamos con la Cachorrina a la piscina de casa, ella acaba de cumplir su primer añín y todavía nos necesitaba para dar sus primeros pasos. Entonces, ingenua de mí, pensaba que el plan era agotador, pero lo que en su momento me parecía una maratón de kilómetros caminando alrededor de la piscina con la peque de las manitas, enchepada para ayudarla a caminar, mientras nos cocíamos al sol, dejándome el lumbago y la juventud, ahora lo recuerdo como estupendas tardes de paseos y diversión con mi bebé de la mano, mientras ella descubría el mundo y yo la miraba con amor al tiempo que nos poníamos morenas. Ayyy, qué tiempos...



El caso es que hace unos días, con el caloret apretando, decidí que la Cachorrina ya debería inaugurar su temporada de piscina 2015, así que me animé a bajar con ella una tarde mientras el Cangués trabajaba. Es decir: bajamos las dos, solas. ERROR.

Ya me debí temer lo que se avecinaba cuando le pregunté si quería ir a jugar a la piscina y gritó un excesivamente entusiasmado ¡Chiiiiii!!!, cuando está claro que la pobre no tenía ni idea de lo que era una piscina, -bastante se va a acordar-, mostrando unas ganas desmedidas por hacer quién sabe qué. Pero yo también me vine arriba y empezamos a cantar “Vamos a la pisci, vamos a la pisci”, mientras nos embadurnábamos de crema, poníamos los bañadores y hacíamos acopio de todos los juguetes de la nena que eran susceptibles de ser mojados (puestos pingando que diríamos en Asturias).

En un pis pas estábamos listas y nos plantamos en la piscina con las toallas al hombro y la cesta llena de juguetes. Yo hasta me llevé una revista por si podía tumbarme a leerla mientras la Cachorrina jugaba. (Qué graciosísima soy algunas veces...). 

Llegados a este punto, os tengo que aclarar que la piscina no es precisamente una charca para niños, sino que es bastante profunda: 1,5 metros donde menos cubre y 2 metros en lo más hondo, por lo que la Cachorrina no hace pie en toda la piscina, y yo prácticamente tampoco, -sólo en la parte de 1,50 y forzando-. Pero una pensaba que la nena no se iba a querer bañar porque le daría miedo el agua, y que se pondría a jugar con sus cosas a la sombra y lo más que se mojaría sería porque yo le iría rellenando sus cubos de agua. ERROR (otra vez).

Antes de que me diera tiempo a soltar las toallas, la nena estaba encaramada a la barandilla de la escalera de la piscina intentando meter el pie con sandalia y todo en el agua, lo que me obligó a correr al borde del infarto imaginando que se metía y se llevaba un susto de muerte, para cogerla, conseguir quitarle la ropa y tratar de engañarla para sentarse donde yo decía con sus juguetes -como si lo hubiera conseguido alguna vez, en serio, lo del optimismo es para hacérmelo mirar-. 

Pero la peque dijo que me sentara yo, que ella iba al agua, así que, sin que pudiera impedíselo, salió corriendo nuevamente hacia la escalerilla para intentar meterse en la piscina, lo que me obligó a adelantarla por la derecha para meterme delante y ponerme entre ella y el agua... Y estaba fría. Muy fría. Joder, qué fría. Y la nena avanzaba y yo bajaba otro peldaño y daba un respigo, y a la nena le daba la risa, y me empujaba para poder bajar ella también, y yo tenía que bajar otro peldaño, y estaba helada, y daba grititos de frío y la Cachorrina se retorcía de la risa por ver mi cara al perder la sensibilidad en las extremidades inferiores. Entonces la Cachorrina sube, corre por el bordillo y hace un amago de tirarse al agua que me obliga a mí a soltar la escalera, tirarme (“Joderjoderjoder, qué fría”) y nadar para cogerla en pleno lanzamiento. Y se lanza la muy loca. Y yo no hago casi pie, y camino con ella en brazos por la piscina sobre la punta de los dedos gordos pensando que me tengo que dejar las uñas largas para estos casos. Y ella se arrepiente de haberse tirado y dice que está “pía” (a buenas horas), y quiere que la lleve a la escalerilla para salir. Y sale... 

Y entonces corre por la piscina antes de que me dé tiempo a salir a mí también y ya no sé qué hacer, porque si salgo y la persigo va a pensar que es un pilla pilla, va a correr más y lo mismo se estampa contra el muro, pero si me quedo esperando en el agua acechándola a ver si se cae o se tira, me muevo más despacio y encima no hago pie en casi ningún sitio. Y decido nadar rodeando la piscina a su lado, en un ejercicio de natación sin precedentes. Y ella ríe, y yo me agoto, y me da la risa floja pensando en el momento que se me ocurrió bajar sola con ella, y de la risa trago agua -venga cloro que es muy sano-, y entonces ella hace un ejercicio de funambulismo que vete a saber de dónde lo ha sacado y decide caminar a cuatro patas por el borde de la piscina pasando por debajo de la barandilla de las escaleras, para terminar de matarme de angina de pecho.

De nuevo corre al otro extremo de la piscina donde hay unas flores y un montón de abejas. Y quier earrancar las flores y ya me la imagino llena de picaduras, y cruzo nadando como una loca la piscina y, como me creo joven y lozana pretendo salir de la piscina como el Cangués, que sube con una mano y dando un saltito atlético se gira y se queda sentado la mar de bien, como en un anuncio de cuerpos Danone, pero yo no hago pie y el impulso no es suficiente y algo falla, no hay giro atlético ni nada y me quedo atascada con los brazos estirados y medio cuerpo fuera y medio dentro de la piscina, y me pesa el culo, y me da la risa, y la nena está loca soplando a las flores porque cree que volarán los pétalos y lo único que hace es escupir y frustrarse, y me pone las flores delante de la nariz para que yo sople y yo sigo ahí, que ni para arriba ni para abajo, atrapada y muerta de la risa, y consigo salir arrastrándome de mala manera y ni cuerpo Danone ni nada. 

Al final conseguí atraparla y tenerla entretenida a base de sentarnos las dos en el bordillo y dar patadas en el agua para salpicar como si no hubiera un mañana. Y así es como pasamos nuestra primera tarde de la temporada en la piscina. Y ¿sabéis qué es lo peor de todo? Que nos lo pasamos teta.

miércoles, 15 de abril de 2015

Ir al parque sin silla, o como dar la vuelta al mundo sin salir del barrio

Una tarde cualquiera una llega cansada de trabajar, sin tiempo ni para sentarse a comer porque según llega recoge a la Cachorrina de la guarde  y trata de hacer que meriende antes de salir pitando al parque a que la criatura termine de agotarse -todo para ver si así duerme decentemente-, y se encuentra sin fuerzas para enfrentarse a la nena que no quiere subirse a su silla bajo amenaza de explosión de furia. E, inocente, mira por la ventana y ve que luce el sol, y mira a la Cachorrina y ella le regala su mejor caída de pestañas mientras dice Pepe-Pepe-Pepe, aludiendo a su muñeco que está sentado en la sillita de juguete que la nena estrella una y otra vez contra la puerta deseando salir de casa a pasear a “su bebé”. Y una que es débil, claudica, y se le despista la neurona sana que le queda y decide que por qué no, que vamos a ir al parque sin silla, que la Cachorrina ya es mayor y a la pobre le hace ilusión pasear a Pepe.

Y así, mostrando un grado de inconsciencia que ni los guiris haciendo balconing, sale a la calle con la nena, con Pepe, la silla de juguete, la mochila con el kit de supervivencia (agua, galletas, pompero y toallitas) y sin MacLaren. En buena hora.

Llegados a este punto tengo que aclarar que, según Google Maps, desde la puerta de casa nos separan unos 280 metros del parque, lo que, en condiciones normales son 4 minutos de trayecto a pie. Una vez aclarado este punto, prosigo: 

Una vez cruzado el umbral del portal llegó el infierno: que si por ese lado no quiere ir, que si Pepe quiere ir por aquí (bueno, pienso,sólo son 5 minutos más ir por el camino largo, así que vamos); que si coloca cada dos pasos la silla y al muñeco, que si se sorprende con cada hoja seca del camino, que si estrella la silla en cada árbol, bordillo, farola, que si coge la silla para subir escalones, que si se mete en toooodos los portales a nuestro paso, que si uno tiene rampa de acceso la sube y la baja, la sube y la baja, la sube y la baja, la sube y la baja, la sube y la baja..., que si “mira mamá: hormigas”, que si abandona la silla y se escapa para que mamá la persiga y luego tenga que retroceder con ella a cuestas a por la sillita, que si no quiere caminar más y mamá tiene que cargar con niña de 12 kilos, más mochila de supervivencia, más Pepe y la sillita, que si a mamá se le caen las gafas de sol al suelo y no le quedan manos libres, que si poso a la niña para coger las gafas y se endemonia y se tira al suelo y patalea porque quiere cuello, que si llega otra niña y se produce un conato de secuestro de Pepe que pone a la Cachorrina al borde del colapso y a mí jurando en arameo antiguo por haber tenido la idea de salir sin silla. 

Y seguimos: que si quiere agua, que si la soborno con una galleta de dinosaurio para que camine, que si llevamos 40 minutos para hacer 100 metros, que vuelve a querer llevar la sillita, pero por el prao intentando atropellar cacas de perro, la persigo, pero es demasiado tarde y ya ha atropellado una, limpiamos las ruedas de la silla,  consigo volver a la acera,  corre a esconderse en un portal, lame el cristal de la puerta, lo limpio, mientras limpio, ella huye y entra en otro bucle de subir y bajar rampas, pero ahora más difícil, sube escaleras echándose la sillita al hombro y baja la cuesta acelerada, amenazando con estamparse en cualquier momento. 

Yo no veo la hora de llegar al parque, pero lo que sí que no veo es el parque, que está todavía lejísimos, como en otra isla, o en otro país, y trato de ponerla en ruta de nuevo, pero entonces sale como alma que lleva el diablo en dirección contraria, y retrocedemos (NOOOOOOOOOOO, RETROCEDER NOOOOOO!!!!), y entonces abandona otra vez la sillita, y mamá vuelve a cargar con todo, a ver si avanzamos, y ha pasado ya una hora y todavía no diviso la entrada del parque, y encontramos otra vez a la niña de antes y se produce el segundo intento de secuestro de Pepe y de nuevo la furia, y las hormigas, y las carreras a las rampas de los portales... y no sé cómo parece que llegamos a nuestro destino, y miro el reloj y hemos tardado 1 hora y 20 minutos en recorrer los 280 metros más largos del mundo. Y suspiro aliviada y miro a la Cachorrina feliz y le digo “Bien!! Llegamos al parque!!”, y la Cachorrina está de cuclillas y empieza a oler raro... “a qué huele, no estarás haciendo caca? NO ESTARÁS HACIENDO CACA???!!!!!!” Pues sí, está haciendo caca. Estupendo.  Y el cambiador... en la silla que se quedó en casa. Bravo Lorena, Bravo!!. 

Total, que sin haber podido entrar al parque, emprendemos el camino de regreso: la Cachorrina cantando y estrellando la sillita contra los árboles y yo aguantando las ganas de dejarme atropellar por el bus urbano... Finalmente, tras media hora de regreso, llegamos a casa, y nos recibe el Cangués, que feliz, sonriente y ajeno al desastre nos pregunta: “¿Qué tal en el parque?” …............ Y hasta aquí puedo leer.

p.d. Por lo que a mí respecta, la Cachorrina irá sentada en su silla hasta que apruebe 4º de la ESO. He dicho.

miércoles, 11 de marzo de 2015

El silencio

Una vez que te conviertes en madre (o padre, que ésto no distingue), hay un elemento al que antes no prestabas especial atención y que ahora prácticamente domina tu vida. Ese elemento no es otro que el silencio.

Cuando tienes a tu peque recién nacido, el silencio se convierte en tu aliado, tu amigo, tu arma para conseguir que el peque duerma plácidamente (y tú también). En nuestro caso, el silencio significaba que la Cachorrina dormía tranquila, y también que podría seguir durmiendo si nada la interrumpía, regalándonos algunos momentos de paz, incluso la posibilidad de echar una cabezada -aunque fuera de pie en el marco de la puerta mirando a la cuna-, para recuperar alguna de las miles de horas de sueño perdidas desde su nacimiento.

Si la casa estaba en silencio, significaba que podías ducharte sin público -ese gran lujo-, intentar adecentar lo que antes era un hogar y, desde la llegada del bebé, sólo caos, acumulación de polvo y montañas de ropa diminuta para planchar, y si tenías suficiente suerte, tratar de darte un capricho, como leer, ver una peli o darte un achuchón con el padre de la criatura, en silencio, eso sí, y a escondidas, como si fuerais los amantes de Teruel. 

Sin embargo, esos bebés van haciéndose mayores, y aprenden a caminar, y a correr y a trepar por los muebles del salón, y a beber agua del bidé, abrir cajones o poner la lavadora con la ropa blanca y sus pinturas de colores en el interior; y entonces el silencio, que antes era tu aliado y tu salvación, se convierte en tu peor pesadilla y fuente de todas tus crisis nerviosas y conatos de angina de pecho. 

Porque te acostumbras a que la Cachorrina grite y de voces como poseída corriendo por toda la casa, y persiguiéndote para que juegues con ella; y sin darte cuenta, llega un momento en el que de pronto te paras, no sabes por qué se te eriza la piel y te pones en alerta nivel “velocirraptor en la cocina de Parque Jurásico”, y no sabes muy bien por qué: un momento, piensas, qué es lo que suena: nada, no se oye nada, ¿por qué no se oye nada? -empieza la taquicardia y los sudores fríos- ¡¡¡¡¡POR QUÉ NO SE OYE NADA???? Y en ese instante pegas un brinco y recorres toda la casa a la velocidad del rayo tratando de averiguar de dónde proviene ese silencio tan inquietante que sólo puede querer decir que algo malo trama la nena. Y te la encuentras inmersa en un mar de papel higiénico en el baño -porque ha decidido sacar todo el papel del paquete y deshacer uno a uno todos los rollos, como si fuera la Cachorrina de Scottex-, o sentada en un charco de aceite en la cocina, restregando las manos por el pringoso suelo y limpiándose en la ropa o el pelo; o coloreando con rotulador ultra permanente los libros de la biblioteca. Y todo lo hace en cuestión de segundos y sin emitir el más mínimo sonido. ¡¡Ella!!, acostumbrada a cantar y vocear como si vendiera patatas en una venta ambulante y a ir por la casa estrellando su moto o su sillita contra muebles y paredes a diestro y siniestro... entonces, la nena decide ser delicada como un pajarillo y jugar sin molestar. Qué detalle, oiga. Y así, el silencio que antes tanto te gustaba, pasa a ser una de las cosas más terroríficas a las que tienes que enfrentarte en tu vida... Escalofríos sólo de pensarlo.



Imágenes vía Pinterest.

miércoles, 18 de febrero de 2015

El ojo que no se abre

Cuando empecé a escribir este blog, en plena vida contemplativa de mi propia barriga, me las prometía muy felices y pensaba que podría tener un blog de esos súper activo escrito por madres que lo mismo te hacen cupcakes con la cara del primo de Dora la Exploradora para llevar a la guarde, que hacen recetas sanísimas a la par que divertidas para que sus retoños cenen sin rechistar la verdura con forma de colibrí y sueñen con ayudarte en la cocina nivel Máster Chef, que les construyen una aldea medieval para jugar a los castillos y las princesas con cajas de zapatos y plastilina, o que se sacan de la manga una estantería para los cuentos con una cortina de baño y unas chinchetas, y que encima tendría tiempo para publicarlo todo, haciendo, de éste nuestro blog, un espacio entretenido, didáctico y ameno.

Pero la cruda realidad es que cuando una está pensando en actualizar escucha una llamada de la selva, que no es otra que la Cachorrina, que asalvajada perdida se despierta y asoma en lo alto de la cuna balanceándose agarrada a los barrotes al grito de “U-U-U”, y la intento sacar y no me deja, porque lo que quiere es juerga y me lanza los juguetes y chupetes que acumula con ella, y cojines, y no me lanza el somier porque le pesa, y cuando la atrapo para cambiarle el pañal que pesa 8 toneladas se vuelve loca porque no le gusta dejar de jugar para que la despeloten en el cambiador, que es muy pudorosa ella, y a base de cantar por encima de los decibelios permitidos y hacer el mono (literalmente, el chimpancé o el gorila, según el día) consigo que se calme y me deje ponerle un pañal decente a estrenar, y cuando ya nos entendemos y me está contando en arameo antiguo sus cosas mientras yo asiento y pongo cara de “qué me dices, no!”, de repente se frota el ojo como una poseída, da patadas, se retuerce y llora como si no hubiera un mañana y a mí ya se me ponen los pelos de punta -y sufro lo que viene siendo el principio de una angina de pecho-, y trato de calmarla y comprobar qué ha pasado para ese estallido de violencia, y no me deja ni que la toque, mientras ella sigue frotándose el ojo. Consigo hacerle un placaje digno de la Super Bowl y echarle un vistazo. Y veo el ojo hinchado. ¡Pero cómo, si hace un segundo estaba bien! Y la niña no llora más porque no puede, y yo me empiezo a poner muuuy nerviosa, y mientras intento que no se tire del cambiador de cabeza ni se frote más el ojo, con la otra mano saco de la cómoda un poco de suero fisiológico, pero como no se está quieta , le rocío toda la cara, lo que la cabrea más todavía... y yo sudo, y ella llora, y yo la cojo y la abrazo, pero no se calma, y la tumbo en la cama e intento que me deje ver que le pasa en el ojo, y sigue pataleando, y ella grita y yo lloro y cojo el móvil y llamo a un taxi dispuesta a plantarme en urgencias en pijama y zapatillas y con la niña enloquecida, y entonces me doy cuenta de que el ojo no está hinchado... a ese ojo le falta algo... un momento... le falta pelo... las pestañas!!! La nena no tiene pestañas!!!! Y trato de abrirlo mientras ella me da patadas voladoras y sí, TODAS las pestañas de medio metro que tiene la Cachorrina están dentro del ojo!!!!!!!!!!!!!! TODAS!!!!!!!!!!!!!!! PERO CÓMO HAS HECHO ESO HIJA MÍA, PORFAVÓ!!!! Y vuelvo a poner en práctica una técnica ninja para inmovilizarla con una mano y tratar de abrirle el ojo lo suficiente para que las pestañas volvieran a su sitio. Y lo hicieron. Y la Cachorrina abrió los ojos. Y se calmó. Y yo respiré. 

Pero antes de que me diera tiempo a calcular los años de vida que me había quitado la crisis de las pestañas de la nena, ya la tenía desfilando delante de mis narices tocando la pandereta y tirando de mi para que leyéramos un cuento, o todos... Bendita capacidad de recuperación (0 a 100 en un nanosegundo)... 

Y así siempre. Estamos como para hacer la Casa de Mickey Mouse en papel maché o unos pasteles de puerros con forma de delfín... En serio, mamis chachis del mundo... ¿cómo lo hacéis?

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Los deberes

Cuando la Cachorrina empezó a ir a la guarde, el Cangués y servidora nos las prometíamos muy felices, pensando que el tiempo que la peque estuviera en ella jugando con otros niños, pintando y corriendo dando voces muy loca, sería tiempo de paz para nosotros, o de hacer otras cosas (entre ellas trabajar, claro); y que el resto del tiempo podríamos dedicarlo a disfrutar los tres juntos. Lo que no imaginamos es que la guarde pondría deberes que enturbiarían nuestras horas libres, y no precisamente a la nena -normal, teniendo en cuenta que sólo tiene 16 meses-, sino a nosotros, los progenitores.

Y es que el viernes cuando fui a recoger a la peque, además de entregarme sus pertenencias y a ella misma, la profe me puso en la mano una estrella de cartón plateada y me dijo: "es para la decoración navideña de la escoleta, tenéis que adornarla, como vosotros queráis, y nos la traéis la semana que viene". Y de allí me fui, con mi Cachorrina, mi estrella y mi cara de "madredelamortodavíallevapañalyyaempezamosconlosdeberes".

Ya sé que, en principio, puede parecer tarea fácil decorar una sencilla estrella de cartulina plateada, pero nada más lejos de la realidad. De hecho al Cangués y a mí nos llevó unas tres horas de reloj, acostarnos a las tantas y seguir dándole vueltas el resto del puente. Porque una vez que decidimos que no éramos precisamente artistas capaces de dibujar obras de arte en miniatura, como esa gente que te pinta una puesta de sol en la Alhambra de Granada lleno de matices con un boli Bic azul, nos hicimos con una catálogo de productos navideños y nos decantamos por un corta y pega festivo de bolas de árbol, muñecos de nieve, tiovivos y estrellas brillantes. Y entonces empezó un sinvivir muy grande: que sí pon el muñeco ahí y las bolas allá, que si la estrella por aquí, que si arriba que si abajo, que si habrá que poner Feliz Navidad, que si de qué color, que si los rotuladores no pintan, que si a boli queda cutre, que si "recorta esa felicitación y la pegas" que si "no puedo que pone Leroy Merlin"... Dos horas, DOS, decidiendo la distribución de nuestros corta pega. Y una vez decidida: que si a ver si va a quedar cutre, que si lo mismo los otros padres ponen purpurina y acuarelas y saben hacer obras de arte de scrapbooking o papel craft, que si no nos podemos quedar atrás, que si pongo un poco de algodón para que haga de nieve y así le damos volumen, profundidad, perspectiva, empaque y lo mismo nos dan un premio a la mejor estrella o a los padres más absurdos del mundo. Pues eso. 

Tras darle muchas vueltas y pasar un puente la mar de malo con el tema de la estrella, la entregué en la guarde junto con la peque y ya está decorando la ventana junto con las estrellas (mejores y peores, que de todo hay), de otros padres que seguramente hayan pasado el mismo calvario. Y ésto sólo acaba de empezar. Ahora tenemos que rellenar un cuaderno -¡UN CUADERNO!- con fotos y dibujos del día a día de la Cachorrina para que los compañeros de cole la conozcan un poco más... ¡¡Ya me están entrando sudores y taquicardias!!

Y a vosotr@s, ¿cómo se os dan los deberes  para padres? 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Ni contigo ni sin ti

Hace unos días, al Cangués y a mí nos regalaron (un ángel del cielo -¡¡gracias!!-), la posibilidad de escaparnos dos días enteros, con sus dos noches, y todas las horas de en medio, para dedicarnos a nada más que a mirarnos el ombligo, -cada uno el suyo, o el del otro, da igual-, sin Cachorrina de por medio, ni madrugones, ni despertares nocturnos de esos que restan años de vida, ni vueltas y vueltas (y vueltas y vueltas...) en el parque, ni bibes, ni purés, ni cacas, ni Canciones de la Granja... sólo dos días para relajarnos y disfrutar de unos instantes de paz, amor y felicidad parejil, mientras los abuelos y las tías se pelean por la custodia temporal de la nena, cuando estemos de visita en Asturias.

El caso es que, teniendo en cuenta que la mayor parte del año vivimos lejos de la familia, sin nadie con quien soltar a la Cachorrina -ni una tarde para ir al cine, ni media hora para ir a la pelu, ni ná-, cualquiera podría pensar que saltamos de alegría y que si por nosotros fuera, en lugar de dos días, sería una quincena, pero a la hora de la verdad, el Cangués (que es un blando) lo único que pudo pensar fue "¿cómo vamos a estar dos días enteros sin ver a la Cachorrina?". Y así fue, tuvimos que pedir una reducción del plan a sólo un día y una noche de relax. 

Lo peor de todo es que yo estaba de acuerdo con él, e imaginar no verla tanto tiempo se me hacía rarísimo, así que no pude evitar pensar en que la maternidad/paternidad es una contradicción continua, un ni sí ni no, ni todo lo contrario, un ni contigo ni sin ti de libro, y a los hechos me remito:

-Por mucho que nos quejemos de la mala vida que nos da la peque, separarnos de ella nos parece como separarnos de una parte de nuestro cuerpo, como si tuviéramos que pasar el fin de semana sin una pierna, oiga.

- Si los días se nos hacen eternos, y parece que no se terminan nunca cuando tienes que pasarte horas corriendo detrás de ella por casa, en el parque, recogiendo, limpiando lo que ensucia, cantando, jugando, dando desayuno, comida y cena, despertándote las veces que haga falta en una noche y paseándola kilómetros de pasillo para que se calme y se duerma, el caso es que los meses y los años se quedan en nada y pasan tan deprisa que ni te das cuenta de lo rápido que crece. ¿Cómo narices pueden ser los días tan largos y los meses y años tan cortos?

- Aunque estemos semanas organizando un plan sin ella para desconectar, y cantando a los cuatro vientos que por fin seremos libres unas horas, nos pasamos esas horas pensando en qué estará haciendo, si se estará portando bien, llamando para preguntar cómo está, y muriéndonos de risa recordando sus caras, sus gestos, sus gritos de loca y toda la mala vida que puede estar dándole en ese momento a quién la esté cuidando.

- A pesar de que muchas veces yo juro que la regalaría sin remordimientos al primero que pasara por la calle y prometiera darle cariño, hay otros momentos en que la miro y siento que si la quiero más exploto, y tengo que respirar profundo y coger aire porque el amor no me cabe en el pecho.

-Me paso la vida muriendo de ganas por un plan de adultos, y al final resulta que mi momento favorito del día sigue siendo cuando estoy con ella tirada en la alfombra jugando, riendo y robándole achuchones.

- Aunque la mayor parte del tiempo estemos agotados porque nos cuesta seguirle el ritmo, y no paremos de quejarnos de lo que nos cambió la vida a peor en muchos aspectos, lo cierto es que ya no querríamos una vida en la que no estuviera ella.

Vamos, que nos quejamos de vicio, porque no hay nada que nos guste más que verla jugar y reír y crecer y aprender, y que un lametón suyo bien vale un día eterno de mala vida.



¡Que tengáis buena semana!

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Una mañana cualquiera...

Se escucha un grito por encima de los decibelios permitidos en cualquier ordenanza municipal, el Cangués y yo pegamos un bote en la cama y nos damos manotazos no sabiendo muy bien dónde estamos ni por qué... "¿qué pasa? ¿qué pasa?"... Son las 6:30 de la mañana, y sólo han pasado dos horas desde la última vez que nos despertamos. En medio de la confusión un nuevo grito con tono de "soyyoestoyaquísoladespiertaysindesayunarasíquevenirperoya". Vale, es la Cachorrina -otra vez-, "tú la entretienes y yo voy a prepararle el bibe".

Cuando vuelvo de la cocina con el biberón, el Cangués se hace el muerto, todavía con los ojos pegados y el susto en el cuerpo, mientras la Cachorrina lo zarandea, se le sube encima agarrándole de los pelos, le hinca una rodilla en las costillas y le mete un pie en un ojo gritando como un masai enfurecido. 

Se toma el bibe de un trago, sin respirar y pide que la dejes en el suelo. La llevamos al salón y la ponemos en la alfombra con sus juguetes. En cuestión de 5 minutos hace recuento de muñecos, que consiste en cogerlos uno a uno, mirarlos, zarandearlos para comprobar si suenan; si no lo hacen, golpearlos contra el suelo o la mesa del salón, darles unos lametones y tirarlos por encima del hombro para pasar al siguiente. 

Hecho el recuento, sale gateando como una bala hacia el baño para poner en práctica su nueva habilidad de abrir el grifo del bidé y ponerse a beber como si de una fuente se tratara. Lo pone todo perdido de agua, así que me la llevo de nuevo al salón, donde vacía todos los cajones del armario, para, al terminar, escapar de nuevo al baño. La devolvemos al salón y antes de que nos podamos calentar el Cola Cao en el microondas, la tenemos en la cocina limpiando el suelo con el paño que colgaba del horno y tratando de meter la mano -y la cabeza- en el cubo de la basura. Le lavamos las manos y la devolvemos con sus juguetes pero, antes de poder abrir el paquete de sobaos, la tenemos de nuevo en la cocina vaciando cajones. La llevamos por enésima vez al salón, cambiándole los muñecos por otros para que la novedad la entretenga (con la consiguiente rueda de reconocimiento: coger, zarandear, golpear, chupar, tirar). 

Entonces, descubre al Cangués comiendo fruta en la terraza y sale pitando hacia allí a ver si le cae algo. El Cangués renuncia a comer tranquilo al fresco y se mete dentro para que la nena no se restriegue por el suelo de la terraza ni se eslome con el ventilador del aire acondicionado. Así que todos al salón y puerta de la terraza cerrada, cuyo cristal ahora la Cachorrina se dedica a lamer y a frotar con sus manos regordetas impregnadas de restos de melón. Cuando me dispongo a limpiar la puerta, ella aprovecha para salir corriendo de nuevo al baño. Pero como le hemos cerrado la puerta, va a su habitación donde tiene más cajones que vaciar, y donde puede ponerse de pie a zarandear la cuna agarrada a los barrotes, gritando en arameo antiguo. 

Se cansa y vuelve gateando al salón para buscar la cartera de su padre y vaciarla en el suelo. Acto seguido, sale corriendo de nuevo a su habitación, pero en medio del pasillo decide entrar en la nuestra para tirarnos los libros de la mesita de noche. De repente se echa a llorar, porque se ha pillado los dedos con la puerta de la habitación, cuando intentaba arrancar el tope. Vamos corriendo: "sana, sanita, culito de rana...". Y volvemos con ella al salón a jugar, pero sólo conseguimos entretenerla con unos cuentos unos minutos; luego vuelve a la carga y a correr de acá para allá como si el biberón, en lugar de leche con cereales, llevara Red Bull. 

Para bajarle las pulsaciones, le ponemos a Miliki en el ordenador para que baile un rato, y que nos deje unos minutos de paz en los que, en tiempo récord, recogemos el caos y destrucción que reina en la casa, y hacemos como que ponemos orden.  Entonces descubro que también se ha hecho caca. La llevo al cambiador para quitarle el pañal sucio y me enfrento a una espiral de violencia callejera: se retuerce, patalea y grita como si en lugar de el pañal fuera a quitarle una pierna, así que tengo la difícil tarea de cambiarla y vestirla mientras le hago un placaje de lucha libre. Después de 10 minutos de combate cuerpo a cuerpo, consigo que esté vestida y adecentada y me dedico un rato a cantar y jugar con ella. Pero el cuerpo ya le pide calle y corre hacia la silla porque muere por salir de casa, así que la siento y salimos por la puerta en dirección al parque, donde nos espera una mañana de vueltas sobre nosotras mismas y bucles de entrar y salir por la puerta del parque y arrastrar los pies por las hojas el suelo. 

Y allí, yo miro  a otros niños de su edad sentaditos en un pacífico ir y venir en sus columpios, y después miro a mi Cachorrina, y la veo subir y bajar cien veces el mismo escalón en una espiral de la que no puede salir, con su cántico zulú, y no puedo evitar preguntarme si es algo que nosotros hemos hecho mal o es que la nena está como unas maracas de Machín. 

Y sólo son las 10.