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miércoles, 8 de julio de 2015

La Cachorrina, la isla y el verano

O cómo sobrevivir a temperaturas más propias del infierno con una niña de dos años.

Yo que pensaba que en la isla no existía el entretiempo y que del invierno de enero y febrero habíamos pasado directamente al verano de sus 25 agradables graditos, resulta que llegó junio con una bofetada de calor inhumano, de ese que sólo te deja ganas de hacerte el muerto en el sofá con las persianas bajadas y el ventilador a tu vera como un hermano siamés, soñando con que estás en una tumbona a la sombra, tan fresca tomándote un daiquiri de plátano entre chapuzón y chapuzón en la piscina.

Pero la cruda realidad es que tienes que sufrir los agradables 40 grados (centígrados, no Farenheit, no confundirse) corriendo del trabajo a la guarde para llevarte a la Cachorrina a poner a remojo en la piscina o en la playa, untándole crema hasta en las córneas para que no se abrase y dedicándote a sacudir arena toda la tarde de las toallas, la bolsa y la propia nena, que se empeña en comérsela, o de pasar pánico y sufrir principios de angina de pecho al borde de la piscina por si la nena decide tirarse al agua, así a la brava, sin manguitos, chaleco salvavidas ni nociones de flotación ningunas.

Y si, después de tanto agua, la Cachorrina decide coger un catarro de esos que la ponen a toser como un octogenario fumador crónico en las últimas, que nos tiene en vigilia permanente al Cangués y a mí, entonces la supervivencia estival pasa por ir sembrando el pánico en los centros comerciales con aire acondicionado, en los que la nena amenaza en cada paso con destrozar mobiliario, vaciar percheros o abrir probadores ajenos al grito de “no tuta!!!!”. 

Vamos, lo que viene siendo un anuncio de Estrella Damm.